jueves, 20 de diciembre de 2007

Sociedades Indígenas, Guerra de Independencia y la Moderna Sociedad Venezolana

PONENCIA PRESENTADA EN EL CENTRO NACIONAL DE HISTORIA EN EL COLOQUIO “VENEZUELA Y AMÉRICA LATINA EN TIEMPOS DE REVOLUCIÓN. 12-14 DICIEMBRE 2007.


Sociedades Indígenas, Guerra de Independencia y la Moderna Sociedad Venezolana

Iraida Vargas Arenas
Universidad Central de Venezuela


“El personalismo y la ignorancia
inutilizaron la gesta independentista”


Julio César Salas
1919


Introducción

En esta ponencia nos interesa presentar una serie de ideas que esperamos estimulen una discusión, cuyos resultados sirvan para analizar con mayor profundidad varios aspectos de una realidad social e histórica que han sido generalmente poco tratados por la historiografía tradicional, salvo excepciones (vg. Brito, 1979; Ribeiro, 1992); entre ellos, el origen y naturaleza del poder y la desigualdad, la conformación del poder en bloques históricos, indagar más específicamente en la relación entre las luchas, las rebeliones y las formas de resistencia ante ese poder, algo indispensable para comprender mejor nuestra realidad y de esa manera encarar de forma más cabal los retos a los que nos enfrentamos como región en los actuales momentos.

De manera fundamental tratamos el caso venezolano, destacando el papel jugado por los diferentes factores socioétnicos en el proceso de formación del Estado nacional venezolano, así como la participación de dichos factores en la gesta independentista y en la construcción de la modernidad, y cómo influyeron en la conformación del carácter de este país meridional. Intentamos precisar por esta vía aspectos tan importantes como la larga historia indígena anterior a la formación de los Estados nacionales y el impacto que ésta tuvo en el desarrollo histórico general de la cuenca caribeña y el norte de Suramérica, lo cual nos puede ayudar a lograr nuevas e insospechadas posibilidades en la explicación de nuestro presente.

La denominación de América Latina para referirse a la región del continente americano que estuvo sujeta a la dominación española y portuguesa, fue introducida en la literatura por autores y autoras angloparlantes. Nosotras preferimos usar la expresión Nuestra América, tal como la nombrase Simón Bolívar para referirse a la América hispana (Acosta Saignes, 1983). Y la preferimos a hispanoamérica, tan cara a los y las neocolonizados e hispanistas, pues es una denominación que nos naturaliza como colonia. En este sentido, no hay que olvidar la importancia y la fuerza de las palabras, del lenguaje en la reproducción de las formas de dominación.

Nuestra América ha sido una de las zonas del mundo antiguo americano donde existieron sociedades con culturas sin influencias del llamado Viejo Mundo. De hecho, Nuestra América puede entenderse para aquellas épocas como un sistema mundial o un sistema mundo en el mismo sentido que le han dado al término autores como Wallerstein (1995) o Gunder Frank (1995), por lo cual los distintos países de Nuestra América han compartido todos los momentos nucleares de su historia.

Un primer momento compartido fue el del poblamiento del continente, cuando grupos paleoasiáticos cazadores-recolectores paleomongoloides y más tarde mongoloides (Vargas, 2005ª; Sanoja, 2007), penetraron por el norte de Norteamérica y dieron lugar a las primeras ocupaciones de los distintos territorios que poseen actualmente los países nuestroamericanos. A partir de ese mismo momento, se produjo un intenso proceso de dinámica y sinergia social, lo que propició la formación de diversas regiones geohistóricas, cada una de ellas distinguible no solo por sus formas de cultura, sino también por la diversidad de niveles de desarrollo sociohistórico alcanzado por las distintas sociedades indígenas hasta el siglo XVI.

Nuestra América se conformó por entonces dentro de procesos civilizatorios autónomos que dieron lugar a civilizaciones. Venezuela en particular, formó parte de uno de ellos antes del siglo XV, que dio origen a lo que Sanoja llama la civilización suramericana-caribeña, con características distintivas a los que produjeron a otras civilizaciones, como por ejemplo la norteamericana, formada por Mesoamérica, el norte de Centro América y los actuales Estados Unidos y Canadá (Sanoja, 2007).

Otro momento nuclear compartido por toda Nuestra América fue el que correspondió con la invasión europea, el proceso de conquista que realizaron españoles y portugueses a partir de finales del siglo XV hasta el siglo XVII. Con la usurpación de territorios vino aparejada la expoliación de sus riquezas y el sometimiento de su población. Así mismo, toda Nuestra América sufrió la condición colonial, de la que todos nuestros países se vieron forzados a participar desde el siglo XVII hasta comienzos del siglo XIX. La conquista y la colonización posterior desestructuraron las civilizaciones autónomas anteriores, tratando de imponer a partir de entonces la civilización europea. De la misma manera, toda Nuestra América se vio afectada por la trata de esclavos y esclavas de origen africano. Unos países de manera directa, forzados por la violencia ellos y ellas a formar parte mayoritaria de su población; otros de manera indirecta.

Igualmente, todos los países nuestroamericanos compartieron desde inicios del siglo XIX, guerras violentas para logar sus independencias políticas de los imperios europeos.

Finalmente, toda Nuestra América compartió durante el siglo XX la imposición de una caricatura de la modernidad europea, sufriendo todos los males conexos con ella y gozando de muy pocos de sus beneficios. Especial mención merece el papel jugado por las dictaduras militares que asolaron a Nuestra América durante décadas, agentes imperiales encargados de realizar un proceso acelerado de modernización de nuestros países a costa de las libertades civiles y derechos humanos de la mayoría de las poblaciones. En el caso venezolano ese rol fue desempeñado por Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez (Vargas, 2005b, 2007).

Podemos decir que el proceso histórico de conformación de que hoy se conoce como Nuestra América ha estado marcado por la sincronía y la confluencia de eventos, sucesos y procesos cardinales que hacen de la región un ecumene, o sea un universo de interacción que ha constituido una entidad histórica, definida por el comportamiento compartido de sus pueblos. Por dichas razones, es fundamental entender a ese proceso histórico en su diacronía y sincronía, pero sobre todo en su continuidad y concatenación, en donde cada época es consecuencia de la precedente y condición de la subsecuente, y donde cada una de ellas manifiesta así mismo cambios particulares, pero sin oscurecer el carácter contínuo del proceso.

En el estudio del proceso de independencia como en general en todo el proceso histórico nuestroamericano, hay que enfatizar la importancia de las sociedades indígenas autóctonas originarias y de las poblaciones de origen africano. En el caso de Venezuela, el pasado precolonial tiene un innegable papel en la construcción de la sociedad nacional, lo cual se evidencia, entre otros factores, en la herencia indígena y africana que está presente en múltiples aspectos de nuestra cultura: los fenotipos, la culinaria, el vestido, la arquitectura, la lengua, la religión, el arte, los procesos de trabajo agrícola, los cultígenos, las tecnologías y saberes, etc. y, sobre todo, en la persistencia de ciertas formas de relaciones sociales recíprocas y solidarias que existen en la población. Todo lo anterior, en su conjunto, le confiere a nuestro país un carácter pluriétnico y multicultural.


El proceso histórico Venezolano

El poblamiento, la conquista y la colonia


Hace aproximadamente 14 mil años, se inició la vida social organizada en el territorio de la actual Venezuela. Grupos de cazadores-recolectores iniciaron para esas fechas el lento pero sostenido proceso de colonizar estas tierras, el cual continuó hasta aproximadamente hace unos 4.600 años, cuando comenzó de manera definitiva la sedentarización de los grupos humanos, dando lugar así a la aparición de la formación social tribal agrícola, lo que significó la producción controlada de alimentos, la fijación definitiva a la tierra, la tribalización y la vida aldeana.

Entendemos a Venezuela como un territorio que fue ocupado desde entonces por diversas culturas que son mejor entendidas si observamos el papel rector que jugó el dominio y control del territorio y las actividades económicas desarrolladas. Ciertamente, la riqueza natural de ese territorio posibilitó el desarrollo de tácticas productivas basadas inicialmente en la pesca, la caza y la recolección, y posteriormente, en la agricultura. Esos procesos productivos desarrollados por las primeras formas sociales demuestran el pluralismo de formas de producción que sucedieron entonces, que persisten en la sociedad indohispana y, más tarde, muchas de ellas se insertan en la sociedad colonial.

Ese milenario proceso originario, se vio afectado en su independencia y autonomía por la invasión europea. Hace unos 500 años Europa inició la guerra de conquista de las sociedades originarias venezolanas, las cuales manifestaban para ese momento distintos grados de desarrollo sociohistórico y diferencias en sus sistemas de relaciones sociales. Las variaciones que se observan en estas últimas son las que dan cuenta de las formas de actuación de los grupos tribales ante la invasión: por un lado, la constante rebelión y oposición irreductibles al sometimiento puestas en práctica por los grupos tribales igualitarios, y por otro, la aceptación de las nuevas jerarquías europeas lo que propició la incorporación relativamente rápida y pacífica, y podríamos decir poco traumática de los grupos tribales jerárquicos (Vargas, 1990; Ribeiro 1992). Los siglos XV y XVI en Venezuela, fueron una compleja red de acontecimientos bélicos de conquista y represión, de luchas y resistencias; también un tiempo y un espacio renovados, de estructuras nuevas y con frecuencia inéditas. Fueron siglos de inesperados y mutuos encuentros, en los cuales se entrelazaron múltiples relaciones de toda índole, que permitieron surgir un mundo nuevo donde son descifrables interrupciones y continuidades. A través de ellas, vislumbramos el tejido de la sociedad indohispana, cuya herencia aún es perceptible en los momentos que vivimos.

Con base a lo anterior, podemos afirmar que en Venezuela se conformó un modo de vida colonial que constituyó la expresión de una línea de desarrollo social que se distingue dentro de la totalidad de la formación social capitalista durante la fase mercantil de su modo de producción, como una particularidad de dicha sociedad. Esa particularidad se expresa en una dinámica social, cultural, política y económica distintivas dentro de toda la formación social, hecho que dependió no sólo de las características generales de la sociedad capitalista, sino también de las particulares referidas a la formación social tribal donde se insertó (Cueva, 1988: 11; Vargas, 1998). Ciertamente, las características estructurales de la base social indígena, condicionaron las formas como se dio la conquista y las maneras como se implementó su sometimiento.

El cambio fundamental que se observa con el advenimiento de la condición colonial, con la imposición de un nuevo régimen económico, social, cultural y político es en las relaciones sociales de producción que se expresan en el régimen de propiedad. El colonialismo supuso para Venezuela en un primer momento lo que luego se hizo norma: el dominio de unos y el sometimiento de otros, complejo juego de coerción y hegemonía, explotación económica y control cultural que se inició en Nuestra América en el siglo XVI y floreció en todo el mundo en el siglo XVIII. La condición colonial implicó para toda Nuestra América en general y para Venezuela en particular, la desintegración de las sociedades indígenas, fundamentalmente a través del régimen de encomiendas, pueblos de indios o resguardos y los pueblos de misión, diseñados para desarticular las estructuras sociales tribales y propiciar el cambio hacia un nuevo régimen de propiedad: la propiedad privada. La condición colonial rompió en gran medida la hasta entonces existente estructura laboral indígena, lo que permitió la inserción de gran parte de la población aborigen dentro de un nuevo régimen de relaciones sociales de producción fundamentadas en la explotación (Vargas, 1998).

La condición colonial implicó en Venezuela un conjunto de fenómenos culturales heterogéneos, insertos en estructuras institucionalizadas que operaban en la vida cotidiana. Sometió a los indígenas, desde la juventud hasta la muerte, a una disciplina laboral extraña (Thompson, 1995: 206), a nuevos tipos de disciplinas laborales para las cuales fue necesario modificar e imponer nuevas percepciones de lo que era trabajo, a rutinas de vida que les eran ajenas, les impuso una religión y una lengua, y les negó los derechos sociales mínimos. Así mismo, el colonialismo jugó un papel crucial en el desarrollo de las clases sociales y en la desigualdad de género (Vargas, 2006).

Todo ello condicionó que la vida cotidiana durante la colonia venezolana fuese, parafraseando a Thompson (1995: 19), una palestra de elementos conflictivos. Las relaciones sociales características de los agentes sociales entre los siglos XVI y XVIII eran de explotación, conformando así una cotidianeidad de dominación y resistencia que se expresaba claramente en las formas del consumo de bienes: los de origen europeo, sobre todo alimentos, vestidos, enseres domésticos, viviendas, estaban reservados para las clases más favorecidas económicamente (Sanoja et al., 1998; Vargas et al., 1998; Sanoja y Vargas, 2002). Estas formas de consumo reflejan que el mercado interno era, como bien señala Cueva, una prolongación del mercado metropolitano (1988: 89); mientras la gran mayoría de la población que vivía en condiciones de pobreza, consumía solo aquellos bienes producidos local y artesanalmente, gran parte de ellos elaborados dentro de tradiciones culturales de origen indígena y africano. El sistema producía bienes materiales de una forma determinada lo que implicaba la división del trabajo entre capitalistas y trabajadores, con una ideología que favorecía esa división y las formas de poder conexas; todo ello servía para la reproducción del sistema pues creaba de manera sostenida las condiciones para que se diera ese tipo de producción.

El régimen colonial controló el poder, las formas de generación y acumulación de riqueza y la propiedad de la tierra, lo que implicó sojuzgar a los indios e indias que la habían poseído hasta entonces. De manera muy general podemos caracterizar el sistema de relaciones sociales de producción de la sociedad colonial en Venezuela como integrado por la existencia de un régimen de propiedad basado en la propiedad privada de la tierra por parte de los europeos, es decir la propiedad privada de los medios de producción, coexistiendo en algunas regiones con formas de propiedad comunitarias, y las relaciones esclavistas y serviles --el segundo servaje-- de las clases dominadas (Roseberry, 1977; Brito Figueroa, 1979; Braudel, 1992; Vargas, 1998; Sanoja, 1998); vale decir, coexistían trabajadores privados de los medios de producción, libres jurídicamente, que vendían su fuerza de trabajo, y la explotación del trabajo asalariado por parte de los dueños de esos medios.

El poder absoluto del régimen colonial ibero se desvaneció y colapsó para finales del siglo XVIII, coincidiendo con la aparición de la Primera Revolución Industrial, situada en el último cuarto del siglo. Los procesos de formación de las clases que se habían producido durante la colonia, introdujeron nuevos elementos y agentes en la vida diaria y en la lucha por el poder. Los colonizadores iberos crearon nuevos discursos sobre la identidad cultural, lo que produjo cambios en las relaciones sociales y en el control político. Pero aunque se trataba de identidades inestables y de alguna forma precarias, muchas de ellas asentadas en las formas de tradición que habían sido reinventadas durante la colonia, y no obstante de la existencia hegemónica de la ideología de los dominadores, las clases y grupos políticamente subordinados crearon construcciones alternativas de la realidad social que les servían para rechazar las interpretaciones que hacían los miembros de las clases dominantes sobre ellos y que eran usadas por aquélla para sus propios fines. En la relación dominado-dominador, las clases sometidas usaron sus legítimos resentimientos para enfrentar sus situaciones de carencias y subordinación, ubicando la culpa en sus opresores, lo que propició sostenidos mecanismos de resistencia, que abarcaron también luchas abiertas, entre las cuales destacan las de los negros cimarrones y las de éstos aliados con los indígenas, sobre todo con los caribes (Vargas, 2007: 63-70). Como señala Velásquez, estos grupos protagonizaron numerosos levantamientos y sublevaciones y guerra de guerrillas durante la colonia (1986: 47). Ciento treinta rebeliones y motines fueron debelados en Cumaná, Angostura, en Guárico, Apure y Barinas, y en diversas otras regiones (Sanoja y Vargas, 2003).

En ese proceso, las clases sometidas reinventaron y potenciaron sus tradiciones culturales ancestrales, incluyendo las formas de solidaridad y reciprocidad que les eran características. En efecto, a pesar de que la colonia supuso la transformación traumática de las comunidades indias originarias, no logró borrar en la sociedad mestiza la impronta histórica de milenios de vida social. Dentro de la población mestiza resultante, se mantuvieron la solidaridad, la reciprocidad y la cooperación a nivel comunitario, formas de relación social que todavía persisten en nuestros días entre los sectores populares urbanos (Vargas, 2007). Así mismo, como consecuencia del despojo territorial colonial, las comunidades indígenas redefinieron las formas como se articulaba su identidad con sus nuevos territorios, a la vez que reorganizaron los símbolos comunitarios para lograr dar coherencia, cohesión y legitimidad a sus formas de organización política, y usarlos como armas de resistencia cultural ante las modificaciones introducidas. Este proceso de redefinición continúa hasta la actualidad entre las comunidades indias sobrevivientes, ante las amenazas que ha supuesto la expansión de la sociedad criolla; así mismo, se extiende a la población criolla mestiza que vive en condiciones de pobreza.

El pueblo venezolano en la Independencia y su carácter multiétnico

El proceso de la Independencia, tal como apunta Brito, tuvo un profundo carácter multi e interétnico, con violentos enfrentamientos entre negros, mulatos y zambos contra los llamados “blancos” (1993: 270).

¿Quiénes eran étnicamente los llaneros? La mayoría era descendiente de grupos caribe, arawak, pumeh y otros muchos que poblaban la cuenca del Orinoco en el siglo XIX; eran los zambos, mestizos de indios con los negros/as esclavos/as o manumisos/as que trabajaban en los hatos llaneros; eran mulatos, mestizos de negros/as o indios/as con mujeres u hombres “blancos”. Miles de ellos se incorporaron a la caballería de Boves; mientras que los lanceros de Páez, fueron fundamentalmente caribes y mestizos de caribes y canarios. Flecheros indios, posiblemente caribes, fueron un factor importante en la Batalla de San Félix que selló la victoria de la causa de la Independencia en Guayana el año 1817. Es muy probable que también muchos indios guayano, warao, waika o yanomami reclutados por el ejército libertador en las misiones de Guayana, formaran parte de los héroes que acompañaron al Libertador Simón Bolívar en el Paso de los Andes y en las batallas que habrían de decidir la Independencia de la Nueva Granada (Sanoja y Vargas, 2006). Podríamos ver también cómo el mismo General Páez le rindió tributo a un indio pumeh que hoy día forma parte del panteón de los libertadores de Venezuela, de los héroes de las Queseras del Medio. Los hermanos Francisco y Juan Pablo Farfán, eran indios pumeh del Sinaruco, del Alto Apure. Fueron ellos quienes el año 1836 se alzaron contra Páez, a quien consideraban había traicionado los principios igualitarios y populares de la Revolución de Independencia para aliarse con los oligarcas que habían suplantado la vieja clase mantuana colonial.

Los indígenas venezolanos participaron activamente en las luchas de independencia como soldados, como baquianos, como expertos en diversos aspectos de la logística alimenticia de los ejércitos, y aportaron sus conocimientos de etnomedicina; participaron como marineros de los bongos y flecheras que constituían la flota fluvial de la República, todos estos aspectos fundamentales para el mantenimiento de la capacidad combativa de los soldados que derrotaron al imperio español y nos hicieron libres (Vargas, 2007: 211-212).

Dice Ribeiro que la independencia se manifestó como una lucha entre criollos enriquecidos contra peninsulares, para la cual –según el autor—“el pueblo fue tardíamente movilizado y de la que fue alejado en cuanto se consiguió la victoria” (Ribeiro, 1992: 276). “…Fue una guerra total en que hubo elementos conocidos, es verdad como las rebeliones indígenas o los ataques de piratas extranjeros…” (Veláquez, 1986:48).

Salvo Bolívar, los criollos tenían intereses egoístas, personalistas y de clase; no les interesaba para nada liberar al pueblo venezolano, no obstante la retórica, sino usarlo para el logro de sus fines que no eran otros que asumir el control aduanero, el acceso a los cargos y privilegios exclusivos de los españoles y también apropiarse de las rentas recaudadas por la metrópoli. “Los peninsulares jugaron brillantemente con estas contradicciones, lanzando pobres contra ricos…. en luchas sangrientas que costaron una quinta parte de la población y que crearían un ambiente cargado de hostilidad.” (Ribeiro, 1992:275). A partir de entonces, el pueblo pasó a formar una masa irredenta, que ha buscado reiteradamente salir de esa condición, siguiendo a líderes como Zamora, a mediados del siglo XIX, quien logró galvanizar la voluntad de los campesinos irredentos en su lucha contra el latifundio y por la democratización de la tierra. La segunda parte del siglo XIX culminó con una serie de confrontaciones armadas entre los diferentes sectores sociales, para lograr y conservar el poder central (Sanoja y Vargas, 2003). Ese mismo pueblo pasó a constituir a partir de mediados del siglo XX, el telón de fondo de las maquinaciones y componendas de los grupos políticos de la IV República, quienes actuaron a su gusto, placer y beneficio en la apropiación de los dineros públicos. Sin embargo, el pueblo venezolano ha continuado hasta ahora dando la batalla contra los sectores oligárquicos que lo oprimen, ya resistiendo, ya luchando abiertamente (Vargas, 2007).

La creación del Estado Nacional Venezolano

Durante la Venezuela independiente políticamente de España se sientan las bases de los futuros cambios en la región. El proceso de independencia que se inició en la primera década del siglo XIX, aunque supuso para Nuestra América la ruptura del nexo colonial con España, no nos liberó del colonialismo; de hecho se inició a partir de entonces un lento pero corrosivo proceso de neocoloniaje a partir de finales del siglo XIX y durante casi todo el siglo XX.

La independencia de las provincias americanas dio origen a la disgregación de Nuestra América. Como apunta Ribeiro (1992), “La utopía unitarista y generosa de Bolívar da lugar a la atomización”, puesto que los proyectos políticos y económicos de los criollos de cada región devinieron autónomos, creándose procesos en donde esos criollos enriquecidos luego de la guerra, se legitimaban en el poder al considerarse como los herederos de la gesta civilizadora de España (Bate, 1984; Sanoja y Vargas, 1993; Vargas, 2007), lo cual normó sus relaciones con la base social.

Consideramos que la creación del Estado nacional venezolano constituye –tal como sucede con los otros Estados nacionales nuestroamericanos-- un modo de vida, una línea de desarrollo particular que se distingue dentro de la totalidad de la formación social capitalista. Como hemos visto, tuvo como antecedente histórico en Venezuela, como en otras partes del mundo, un modo de vida colonial de la misma formación social. Decimos que lo nacional se conforma como un nuevo modo de vida, pues es posible reconocer con él, los cambios cuantitativos y por lo tanto desiguales de la calidad, vale decir, la reproducción en escala ampliada y con características propias de las relaciones sociales de producción capitalistas, mismas que, aunadas al contexto histórico local precedente y a las del nuevo contexto internacional, le confieren a cada Estado nacional un ritmo particular diferenciado de desarrollo dentro de la formación capitalista total. Las sociedades nacionales reflejan, asimismo, la aparición de nuevas contradicciones sociales específicas, de relaciones jurídico-políticas distintas a las coloniales, nuevas maneras de insertarse en el plano mundial, condicionadas todas ellas --precisamente-- tanto por el proceso histórico que dio origen a cada sociedad colonial, como por la fase vigente del modo de producción capitalista: la industrial. El modo de vida nacional venezolano, entonces, comprende por un lado el proceso de conformación del Estado Nacional, que se inicia con la independencia política de la condición colonial con España, lo que se manifiesta formalmente en 1810 con la declaración de la república como forma de gobierno, y por otro, el proceso de su consolidación, hacia finales del siglo XIX, momento en el cual la formación social capitalista se encontraba en su fase industrial-imperial.

Aparejado con el surgimiento de los Estados nacionales aparecen nuevos bloques históricos, bloques hegemónicos constituidos por la clase dominante, sus políticos y sus intelectuales orgánicos que apoyaban y sostenían con sus teorías, explicaciones y argumentos al bloque de poder de turno (Vargas, 2005b)

Como ha apuntado Patterson (1993), los re¬alistas, los conservadores y, posteriormente, los fascistas, quienes buscaban mantener fuertes lazos con España, vieron generalmente a los patrones culturales de los indios e indias y a su aparente indefensión como signos de inferioridad biológica y como un mandato para mantener o incrementar la ex¬tensión de su control sobre ellos y ellas. Los liberales, por otra parte, se ¬dieron cuenta que esas diferencias obedecían en gran medida a carencias en una educación occidental, por lo cual veían a la escolaridad como un medio obligado para lograr asimilar e integrar a las comunidades indígenas dentro del tejido de la sociedad civil y el Estado.

Uno de los intelectuales liberales venezolanos más destacados de comienzos del siglo XX fue Julio César Salas (1919), quien decía que “las sociedades progresan de acuerdo con las condiciones morales de los individuos que las integran. Para Salas, la apropiación de Nuestra América por parte de España introdujo la injusticia, la ignorancia, el despotismo personalista y la fuerza, y agregaba que el proyecto de colonización por parte de España fue no solamente de carácter militar, sino también y fundamentalmente de carácter económico y cultural, lo que propició la introducción de principios absolutistas en política y en religión que privaban sobre la libertad y el individuo; ello, decía, fue lo que permitió el surgimiento de instituciones políticas y religiosas marcadas desde el inicio por el despotismo y signadas por la abolición de las libertades: “…las instituciones políticas o eclesiásticas han bastardeado sus fines legítimos: despotismo e intransigencia..” Y agregaba: “el atraso de los pueblos está en relación con la cantidad de libertad arrebatada a los individuos por los organismos religiosos y políticos.” (Salas, 1919).

¿Hemos contribuido los venezolanos y venezolanas en la construcción de la Modernidad?

Si una sociedad moderna se define como aquélla en donde no imperan las tradiciones heredadas de las culturas tradicionales, pues éstas son concebidas como símbolos de atraso y falta de superación; si una sociedad moderna es aquélla plenamente capitalista y francamente industrial, entonces ni Venezuela ni la mayoría de los países que componen a Nuestra América son sociedades modernas, salvo quizá México y Argentina y tal vez parte de Brasil. Tampoco lo son postmodernas, puesto que no han superado una previa situación industrial. Pero sí podemos decir que todas ellas son sociedades capitalistas, aunque ese capitalismo nos haya sido impuesto y no sea autogestado. Y como sociedades capitalistas, los hombres y mujeres que integramos a Nuestra América, que somos Nuestra América, nos hemos visto forzados a regirnos por los valores de la modernidad europea: Derechos Humanos, Derechos Civiles, Sociedad Civil, Libre Empresa… todos ellos derechos del “individuo soberano” dentro de una sociedad capitalista liberal. Según esto poco importa si un individuo es negro o negra, siempre que sea un negro o negra solos; no importa si es indio o india, siempre que se trate de un indio o india solos; no importa que sea mestizo o mestiza, mientras no se una a otros y otras y no luche en colectivo. Ese individualismo es, supuestamente, la garantía de que se respeten nuestros derechos como individuos. Y podemos plantearnos, ¿es una sociedad moderna, como la hemos caracterizado, la que tenemos en Nuestra América? Y, más aún ¿Es la que queremos? Una sociedad en donde impere el derecho de los individuos sobre el de los de colectivos, teniendo en cuenta que esos colectivos viven mayoritariamente en condiciones de pobreza y en ocasiones de miseria, colectivos de los cuales no podemos sustraernos y muchos de nosotros y nosotras no queremos sustraernos.

Como todos y todas sabemos, el capitalismo ha traído aparejado un extraordinario avance en la ciencia y la tecnología, pero también sabemos y sufrimos que esos avances sólo pueden ser disfrutados por un grupo minoritario de individuos y no por los colectivos, toda vez que en simultaneidad, con el capitalismo se transformó el valor de uso de las cosas y servicios en valor de cambio. De esa manera, para la gran mayoría de la población de Nuestra América, esos adelantos y avances han sido y siguen siendo inaccesibles por lo costosos; tan inalcanzables como lo es la vida en democracia, cuando ésta se concibe –como lo hace el liberalismo—como la democracia representativa.

Pero es bueno recordar en torno a esto lo que dice Benjamin Barber: que “nuestra agobiante modernidad, ha sumergido a la sociedad en una constante crisis: la crisis del Estado moderno, la crisis de las instituciones liberales, la crisis de liderazgo, la crisis de los partidos de gobierno y la crisis de la democracia. El hombre moderno, sigue el autor, ha creado un mundo artificial que no puede controlar. Los monstruos modernos son máquinas, computadoras, corporaciones, burocracias…. La alienación se ha convertido en el indicador central de la moderna crisis política. ... el cinismo acerca del voto, la alienación política, la preferencia por las cosas privadas y la creciente parálisis de las instituciones públicas son algo más que las consecuencias de la modernidad. Son síntomas de una enfermedad que es inseparable de lo que piensa el liberalismo sobre la política. Son espejos oscuros de la fuerza del liberalismo”.

“Si democracia implica el derecho a gobernarnos a nosotros mismos en lugar de ser gobernados, de acuerdo a nuestros intereses, entonces las instituciones democráticas liberales distan de ser en realidad verdaderamente democráticas” (Barber, 1984, traducción nuestra: xiii-xv).

La Revolución Bolivariana surge en Venezuela gracias al colapso de la democracia representativa durante los años 90 del siglo pasado. Ese colapso incluye, de alguna manera, no solo el fin de las instituciones de la IV república, sino el final de un proyecto de país signado por el neocolonialismo, con el American way of life y el neoliberalismo económico como paradigmas, como el conjunto de normas que han regulado hasta ahora nuestro modo de vivir. Para la Revolución Bolivariana pronto se le hizo evidente y necesario crear una verdadera democracia, crear una nueva práctica de la democracia, donde –como decía Bolívar—imperen la libertad, la igualdad y la justicia; una democracia que implique la participación de todos los hombres y mujeres venezolanos y venezolanas en nuestra vida en común, pero no como una agregación numérica de individuos, sino como un colectivo de personas con iguales derechos en la toma de decisiones, donde la igualdad, la justicia, la libertad y la autonomía sean producto del accionar común.

La modernidad burguesa se inicia en Venezuela, según algunos, con el régimen de Guzmán a finales del siglo XIX (Vargas 2007). Por entonces, no solamente se enfatiza, demagógicamente, la vigencia de los derechos humanos del individuo, del ciudadano, sino que se acomete también demagógicamente el desarrollo de la infraestructura material de la sociedad venezolana. Pero, en términos políticos, las Constituciones que determinaban el proyecto de país le reconocían los derechos humanos solo a una minoría de venezolanos: a los hombres que tenían una determinada renta económica y que sabían leer y escribir; estaban excluidos los analfabetas pobres y las mujeres, así tuvieran rentas y supieran leer y escribir. Ello excluía también -por supuesto- a la mayoría de los afrodescendientes e indígenas. Es solo a partir de la Constitución de 1948, período a partir del cual comienza la verdadera modernización de la infraestructura material de Venezuela, cuando se vincula la democracia burguesa del capitalismo con la conquista del sufragio universal para todos y todas. Pero es solamente a partir de la Constitución Bolivariana de 1999, cuando la modernidad se actualiza con la justicia social, la igualdad social y la preparación de las transformaciones que esperamos den paso a una futura sociedad socialista.

De manera que podemos responder a la pregunta del subtítulo diciendo que no; los venezolanos y venezolanas felizmente no hemos contribuido a forjar la modernidad en nuestro país, tal como hemos definido a ésta antes, o hemos contribuido muy poco. Hoy día tenemos obras civiles públicas y privadas que suponen un transplante de tecnologías y modelos estéticos foráneos, a despecho de nuestras propias características culturales, climáticas, fisiográficas, étnicas, etc. Tenemos, así mismo, una ciencia rezagada, que siempre tiende a estar a la espera de las ideas porvenientes de los países industrializados, por lo cual crea muy pocos conocimientos útiles en nuestra realidad y situación histórica. Y poseemos un arsenal maravilloso de saberes tradicionales y contemporáneos, con una gran potencialidad para estimular el desarrollo, pero que es siempre despreciado por ser premoderno. Sin embargo, no ocurre lo mismo con nuestros recursos naturales y con los conocimientos conexos con ellos, que son precisamente los insumos que han usado los países industrializados para su propio desarrollo. El neocolonialismo ha actuado como un gigantesco freno a un verdadero desarrollo de Venezuela, al inhibir la explotación de los saberes y conocimientos –incluyendo a los científicos—que hemos desarrollado los venezolanos y venezolanas a lo largo de siglos. Nuestra creatividad autóctona e innovadora se manifesta en muchísimas áreas; pero esas creaciones tienden a ser estigmatizadas, consideradas manifestaciones folklóricas, atavismos, restos de “tradiciones culturales superadas” o ciencia “deficiente”, precisamente todos los rasgos que definen a la premodernidad europea.

Comentarios Finales

Como hemos tratado de presentar en este somero análisis del largo proceso histórico vivido por Venezuela, pensamos que ninguna etapa, período o fase del mismo posee mayor jerarquía para entender la actual situación que vive el país. La concatenación, la continuidad y la vinculación de cada una de ellas entre sí, hace imposible pensar que Venezuela es lo que es hoy día solamente porque fue colonia o porque hubo un proceso de independencia. El pueblo venezolano actual es mayoritariamente mestizo porque previamente existieron mujeres indias que, en un determinado momento de la historia de las sociedades originarias, se vieron forzadas a unirse a hombres “blancos”. Es mayoritariamente mulato, así mismo, porque mujeres de origen africano fueron traídas a la fuerza y fueron violadas también por hombres “blancos”; es zambo, porque indias y negras se vieron compelidas a unirse a hombres negros o indios. El pueblo venezolano actual es combativo y luchador porque ha habido una tradición centenaria de lucha contra la dominación, que se inicia desde el mismo momento de la invasión europea. En esa condición, destacan las rebeliones emblemáticas de los indígenas contra los españoles desde finales del siglo XV, las de negros y negras cimarrones a partir del XVI, las del pueblo venezolano no mantuano en los años previos a 1810 y en los siguientes, las de los campesinos y campesinas que siguieron a Zamora a mediados del siglo XIX, las de los estudiantes en las primeras décadas del siglo XX, las de los sectores urbanos y rurales y las de los obreros petroleros entre los años 30 y mediados del siglo, las de los jóvenes estudiantes guerrilleros de los años 60, en el marco de la espantosa represión de los gobiernos de Betancour y Leoni, las de los sectores populares urbanos a finales de la década de los años 80, el llamado “Caracazo” o “Sacudón”, las de todo el pueblo venezolano a finales de los años 90, y las que continúan hoy día.

El pueblo venezolano de los sectores populares urbanos actuales practica formas de solidaridad y reciprocidad entre sí porque las heredaron de sus ancestros indígenas; esas formas continuaron a pesar de la condición colonial; persistieron en los albores de la república y han llegado hasta nuestros días. La condición colonial pudo mantenerse porque las sociedades indígenas lo hicieron posible con sus conocimientos sobre el medio ambiente y sus recursos naturales, de los cuales se apropiaron los colonizadores. La guerra de independencia de Venezuela y de Nueva Granada pudo llevarse a cabo gracias al pueblo venezolano de aquel entonces, que combatió en las batallas, que atravesó los Andes y que ofrendó su vida para lograr la independencia política de la nación, combates en los que participaron no sólo líderes mantuanos, es bueno recordarlo, sino mayoritariamente indios y mestizos afrodescendientes. La vida republicana desde finales del siglo XIX ha sido posible gracias a la acción sostenida de hombres y mujeres venezolanos quienes cotidianamente han laborado en distintos oficios y quehaceres, a pesar de que sus vidas discurren, generalmente, en las peores condiciones de pobreza. En fin, el pueblo venezolano es la constante histórica.

En los actuales momentos es un pueblo que impulsa una revolución nacional que pretende liquidar al imperialismo, al Capital, al Estado burgués y a las clases sociales dentro de sus fronteras, y construir un socialismo que impulse a otros pueblos igualmente oprimidos por la actual hegemonía cultural existente hacia una sociedad socialista. Transformar la cultura burguesa en una socialista no es tarea fácil, pues está enraizada después de más de 500 años de encuadramiento clasista.

Uno de los caminos es reflexionar sobre el proceso histórico venezolano, pero no sobre la narrativa que tenemos como producto de una historiografía neocolonizada, embebida en los antivalores, reproductora de ellos, hecha para servir a una sociedad capitalista liberal como la que ha caracterizado a Venezuela desde el siglo XIX. Tenemos que repensar sobre nuestro proceso histórico, sí; pero debemos tener presente que su conocimiento no basta. No tendremos valores socialistas hasta que el pueblo venezolano no asuma esos nuevos valores, hasta que éstos no tengan una significación socialmente positiva, hasta que esos valores nuevos no expresen realmente un redimensionamiento del pueblo, de las relaciones en que vive, y no de sujetos aislados, grupos o clases sociales particulares; hasta que la educación no subraye esos valores, intencionándolos dentro de las acciones formativas. No es suficiente explicar los hechos históricos y actuales de la realidad para producir valores o cambios en la conducta y personalidad del pueblo. Sólo se puede educar en valores a través de conocimientos, habilidades de valoración y reflexión en la actividad práctica con un significado asumido. Y en esa reflexión y actividad práctica, los historiadores y las historiadoras revolucionarios tenemos un gran compromiso con el pueblo venezolano.


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