jueves, 20 de diciembre de 2007

Las mujeres artesanas y la reproducción de la ideología tribal, de la etnicidad y de la identidad étnica a través de la alfarería

Ponencia presentada en el VI Encuentro de Investigadores de arqueología y Etnohistoria. Organizado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Marzo 2005.

Las mujeres artesanas y la reproducción de la ideología tribal, de la etnicidad y de la identidad étnica a través de la alfarería

Iraida Vargas Arenas
Universidad Central de Venezuela

Resumen

Datos arqueológicos se utilizan en este trabajo para analizar con sentido histórico el papel que jugaron las artesanías –sobre todo las cerámicas-- producidas por las mujeres de las comunidades de la sociedad tribal que se manifestó en Venezuela a partir de 4000 a.p. En tal sentido, se examina cómo tales artesanías sirvieron para fortalecer las formas de organización social, la adscripción étnica y cultural de los individuos y cómo fueron expresiones de los conocimientos y saberes femeninos sobre el medio ambiente así como manifestaciones de su creatividad.
Introducción

La arqueología ha prestado una atención especial al estudio de las sociedades tribales a través de la alfarería, quizá porque en los sitios arqueológicos que testimonian la presencia de esas sociedades, la alfarería constituye el resto material más abundante. De hecho, la mayor parte de la arqueología funcionalista practicada mayoritariamente en Venezuela y el Caribe en general durante todo el siglo XX, se ha basado en la elaboración de tipologías cerámicas que han intentado reconstruir con ellas el “mental template”, vale decir, “las maneras correctas” de manufacturar esas artesanías siguiendo el “modelo mental que poseían los artesanos” (sic) (Mac Neish 1967. Traducción nuestra). Esa orientación teórica estaba basada en la difusión cultural como principio rector de la dinámica social, de manera que sus propulsores creían, siguiendo a Boas, que el aislamiento o el contacto entre grupos humanos eran factores importantes, ya que determinaban la formación tanto de centros culturales de desarrollo como de áreas marginales. Por todo lo anterior, el objetivo fundamental de las investigaciones arqueológicas dedicadas al estudio de las sociedades tribales debía consistir en hacer profusas descripciones de los materiales excavados, sobre todo de la alfarería, con el fin de poder realizar las comparaciones tipológicas con conjuntos de artefactos similares de otros lugares o países y, de esa manera, establecer los centros y rutas de difusión y los momentos cuando tal difusión tenía lugar. Simultáneamente, otras posiciones teóricas, influidas por las tesis de Leslie White (1949, 1959), usaron la cerámica para tratar de estudiar en el impacto del ambiente sobre la sociedad (Vargas, 1997).

En la llamada "arqueología histórica” el estudio de la alfarería fue abordado con las mismas herramientas conceptuales y metodológicas empleadas para el período precolonial, convirtiendo al complejo proceso social que se estaba gestando como consecuencia del inicio del capitalismo mercantil en Europa, en estilos y series, conceptos que tienen valor de nomenclatura para aspectos estéticos y formales de la mayólica o de las edificaciones (Vargas, 1998).

En este trabajo, a diferencia de lo anterior, estamos concibiendo la alfarería como manifestación de un proceso de trabajo que posibilita inferir tanto las relaciones del grupo social con el objeto de trabajo, como las relaciones sociales entre individuos que manifiestan sobre los procesos de trabajo necesarios para el equipamiento material para el trabajo, y que expresa simultáneamente códigos comunicacionales referentes de etnicidad. Esto último permite así mismo inferir las relaciones intercomunitarias. Nos centraremos básicamente en el papel de la alfarería en las relaciones sociales entre individuos, en especial el papel jugado por las mujeres tribales quienes fueron las encargadas de realizar esa artesanía, destacando, así mismo cómo estudiando los códigos comunicacionales que en ella se expresan mediante un análisis iconográfico, podemos acercarnos a los conocimientos y saberes que tenía la sociedad a la cual pertenecían esas mujeres.

La cerámica y el papel social de los géneros en las sociedades tribales

En una sociedad ágrafa, como sucede con las tribales, la socialización se realiza por vía oral y por vía práctica. Por la vía oral, se mantienen las tradiciones a través de mecanismos nemotécnicos o memorizados; por la vía práctica, se reproducen los conocimientos que están contenidos en las experiencias de las comunidades, los mecanismos cognoscitivos que suceden en el quehacer cotidiano; en este sentido, es posible concebir que cualquier individuo es un agente socializador. Sin embargo, existen diferencias en los papeles sociales de los géneros según sea la naturaleza de los conocimientos que se transmiten, vale decir, existe una especialización de funciones de los agentes socializadores dentro del cuerpo social. Aunque los mayores, los shamanes y los jefes o caciques son quienes ejercen el control, pues la sociedad tribal tiende a otorgarles la capacidad y a reconocerles como los únicos agentes que manejan aquellos conocimientos considerados fundamentales dentro del orden social: poder comunicarse con los/as dioses/as, dirigir en tiempos de crisis, etc., las mujeres en general garantizan la transmisión de los conocimientos cotidianos que aluden no solo a las “tareas propiamente femeninas”, sino que modelan también las conductas de los niños y niñas y, al reproducir la ideología, afectan las de todos los individuos que integran la sociedad.

Como veremos, las mujeres tribales del pasado usaron tanto la alfarería como los textiles como mecanismo de socialización que les permitió reproducir el modo de vida de sus sociedades, incluyendo la ideología y la estructura social. En este sentido es bueno recordar que la aparición de la agricultura hizo necesaria la elaboración de un instrumental más complejo del que poseían los/as cazadores/as-recolectores/as para obtener y procesar los alimentos. Ello planteó la necesidad de confeccionar todo un sistema de útiles destinado a la conservación, cocción y consumo de los alimentos. Gracias a ello, surgen de forma definitiva las alfareras. Las mujeres, dentro de los grupos tribales agrarios, fueron las artesanas fundamentales, las encargadas de manufacturar, precisamente, no sólo gran parte de los instrumentos de trabajo necesarios para obtener los bienes naturales, sino también los utensilios para procesarlos y convertirlos en alimentos a ser consumidos y almacenados.

El dominio de la alfarería por parte de las mujeres les permitió también reproducir ideológicamente la sociedad, mediante la elaboración de figurinas, idolillos y otras representaciones de deidades ligadas a la cosmogonía. La decoración de los recipientes, por su parte, hizo posible que las mujeres no solamente embellecieran sus superficies, sino que –fundamentalmente—pudieran representar códigos simbólicos, es decir, aquellos signos cargados de un significado que reforzaban la etnicidad y propiciaban la identidad étnica. La alfarería constituyó, pues, un campo donde las artesanas prehispánicas conjugaron distintos saberes: los referidos a su conocimiento del medio ambiente, combinados con modelos estéticos y representaciones ideológicas. En ella, las artesanas manifestaron sus conocimientos sobre elementos naturales, como son los diversos tipos de arcillas, de antiplásticos y de pigmentos existentes en sus entornos, y dominaron un conocimiento especializado sobre los procesos físico químicos que debían llevar a cabo a fin de lograr la transformación de una materia plástica en otra dura, rígida e impermeable.

Para lograr los modelos estéticos, las alfareras manejaron determinadas nociones sobre volúmenes, siluetas, simetrías. contornos, equilibrio y colores, así como sobre las técnicas, plásticas o pictóricas, necesarias para embellecer las superficies de los recipientes, incluyendo un variado repertorio de instrumentos para realizarlas. Dado que poseían bien internalizados los códigos simbólicos, referentes de sus etnicidades, los cuales expresaron a través de diseños integrados bien por elementos naturalistas, bien abstractos o esquemáticos, la decoración alfarera llegó a constituir un medio de comunicación, una especie de lenguaje étnico que propiciaba formas de reconocimiento sobre la pertenencia a un determinado grupo socio-étnico. Mediante ese lenguaje, las mujeres lograban socializar a los agentes sociales –sobre todo a sus hijas-- y manifestar también, los elementos necesarios para reproducir simbólicamente tanto la estructura de sus sociedades, sus organizaciones sociales, como los papeles que tenían asignados los/as agentes en la producción. Adicionalmente, la decoración alfarera les permitía que pudieran reproducir la ideología existente en sus sociedades y, de manera fundamental, las tendientes a garantizar la subordinación femenina.

La artesanía cerámica en las sociedades tribales venezolanas

En Venezuela, la arqueología nos informa que hace unos 4000 años, las mujeres de la denominada Tradición Camay, estado Lara, elaboraron una alfarería integrada por vasijas de pequeño formato, constituida por ollas, platos y escudillas destinadas al procesamiento y consumo de alimentos por parte de pequeños grupos sociales. En la elaboración de los códigos simbólicos, las artesanas de Camay utilizaron pocos instrumentos: sus propias manos y buriles de madera, los cuales aplicaron sobre las superficies de las vasijas de manera de representar líneas múltiples de impresiones, incluyendo las de dedos y uñas, dispuestas todas ellas de manera horizontal (Sanoja, 2001). A pesar de la poca complejidad del instrumental empleado, la alfarería Camay no es simple; posee una alta calidad técnica, expresada en la regularidad en las formas, dureza de la cerámica, compactación de la pasta, control de las temperaturas de cocción, etc., mostrando igualmente un patrón decorativo de tradición milenaria, a juzgar por las similitudes estilísticas que éste presenta con la cerámica de sitios formativos suramericanos. La decoración de la cerámica de Camay fue concebida por las artesanas como manera de duplicar la existente en la cestería: el tejido cruzado en diagonal abierto, técnica empleada hoy día para la manufactura de cestas flexibles, con forma de botellas. Lo anterior denota un dominio de dos tipos de materias primas: arcillas y fibras orgánicas y, simultáneamente, refleja la internalización femenina de su identidad étnica, expresada y reproducida mediante la elaboración de distintas artesanías.

Más tarde, para una fecha estimada en 1850 a.p., las artesanas de la denominada Tradición Cultural Tocuyano, la cual sucede históricamente a la Tradición Camay en la región subandina venezolana, elaboraron una hermosa alfarería integrada por urnas funerarias, vasijas multípodas ceremoniales, así como ollas y escudillas para la vida cotidiana (Sanoja, 2001). El patrón decorativo de la cerámica de Tocuyano, especialmente de la ceremonial, está compuesto por motivos abstractos curvilíneos, pintados de negro o marrón sobre blanco, combinados con motivos modelados naturalistas que representan serpientes. Dicho estilo denota que las artesanas de esa tradición cultural poseían un amplio dominio de los pigmentos y los volúmenes, así como un conocimiento de los elementos faunísticos del entorno, especialmente de los conexos con ritos de fertilidad, pues las serpientes eran consideradas, generalmente, diosas de las aguas.

Las artesanas ceramistas, en general, representaron también su medio ambiente, una manera de controlar simbólicamente los elementos del entorno, sobre todo aquéllos objetos de apropiación o los relacionados directamente con ritos de fertilidad o con los animales totémicos (Delgado, 1989). Aunque éste constituye un elemento común a toda la alfarería prehispánica de Venezuela, podemos mencionar, por ejemplo, las representaciones de ranas o de serpientes, consideradas por los especialistas, con base a datos etnohistóricos y etnográficos, como símbolos utilizados por estas poblaciones en ceremonias propiciatorias de las lluvias.

Destacan en las sociedades prehispánicas las elaboraciones artesanales de ranas o sapos hechas por las mujeres de la Tradición Cultural Valencia (1000-1500 a. p.), por las de la Tradición Boulevard, en el valle de Quíbor que incluyen también lagartijas (1800 a. p. Ver, por ejemplo, Boulton, 1978: 132 y Vargas y otros/as, 1997:303) y por las de la Tradición Guadalupe (850-1500 a.p. Ver Boulton, 1978:135), estas últimas en el Edo. Lara. En todos estos casos se observa la utilización de la rana como motivo decorativo en la alfarería, así como en los adornos corporales, donde se encuentra representada en cuentas de collares, o como figurinas; estas últimas generalmente de sapos. Asimismo, son hoy día muy conocidos y apreciados por su valor estético los cuencos con base anular y soportes, decorados con figuras de serpientes, manufacturados por las artesanas de la Tradición Tocuyano (1850 a.p. Ver Boulton, 1978: 144-145). En la cerámica del llamado Tocuyano temprano (2230-40 a.p., Sanoja, 2001) existe la representación de la serpiente como símbolo de la fertilidad y el agua, mientras que en el llamado Tocuyano Tardío (1800-140 a.p., Sanoja, 2001), ésta es sustituida por la representación del águila arpía, posiblemente un animal totémico.

Otras manifestaciones artesanales significativas de las representaciones del entorno fueron las realizadas por las mujeres de los grupos tribales igualitarios que ocuparon la porción sur del lago de Maracaibo para una fecha de 800 años a.p. (Delgado, 1989). Ranas, lagartos, tortugas, babas (Caiman cocodrilus) y otros animales cobran vida en la alfarería de El Danto (800 a.p. Velásquez, 1974. Ver Sanoja y Vargas, 1999: 114), mientras que en la proveniente de la región de Carache, estado Tujillo (siglos XIII y XIV, Wagner, 1967), las ceramistas representaron la fauna existente en el entorno; ejemplo de ello es la representación de un hermoso cachicamo (Dasypus novencinstus) (Boulton, 1978: 198-199).

En el sitio Barrancas, Bajo Orinoco, hace 3000 años, las artesanas elaboraron una de las cerámicas más complejas y hermosas de las sociedades de la Venezuela prehispánica (Sanoja, 1979). La alfarería de Barrancas constituye un caso singular para Venezuela en lo que refiere a cómo las mujeres lograron expresar por ese medio los papeles sociales de los géneros dentro de su sociedad, así como a una de las cosmogonías más complejas conocidas. En la cerámica barranqueña, pesada, integrada por ollas de gran formato y gruesas paredes, destinadas tanto al almacenamiento del agua como de la chicha, bebida que era ingerida por la comunidad en ceremonias colectivas, así como también ollas, platos, escudillas, boles, cuencos, jarras y budares utilizados para preparar y consumir los alimentos, las artesanas lograron manifestar --a través de la decoración-- la visión del mundo de su sociedad, la cual expresaba una armonía entre lo humano y lo mítico, un mundo que se desenvolvía entre la materia y el espíritu. Con un equilibrado manejo de los volúmenes, y con el empleo de técnicas como el modelado y la incisión, crearon recipientes cerámicos que pueden ser considerados cuasi esculturas.

El patrón decorativo de la cerámica barranqueña está integrado por motivos que se entrecruzan unos con otros, figuras mitad humanas mitad animales en donde la cara de una es la parte posterior o superior de la cabeza de otra, representando el alter ego, enlazadas mediante protuberancias, puntos y líneas incisas curvas que ilustran miembros humanos y garras de animales, en ocasiones pintadas de rojo y/o negro. Ese patrón expresaba la concepción de la sociedad de Barrancas sobre la unidad entre el mundo social y el mundo mítico, entre la cotidianidad social y la excepcionalidad del mundo cosmogónico a través de la representación de los animales totémicos, figuras ilustradas en recipientes de uso culinario, demostrando la existencia de una religiosidad diaria reproducida por las mujeres, ya que tales vasijas fueron localizadas en contextos domésticos (Sanoja y Vargas, 1999b).

La utilización de la alfarería para representar tanto la organización social como los papeles sociales de ambos géneros se ve atestiguada en la elaboración de los budares, instrumento de trabajo muy importante en una sociedad como la barranqueña cuya economía era fundamentalmente vegecultora, vale decir, basada en el cultivo de plantas vegetativas como la yuca. Se observa la representación en los budares de imágenes en parte humanos (hombres) y en parte animales (jaguar u otro felino), muy naturalistas, elaboradas en un bajo relieve logrado con base a una extraordinaria combinación de líneas curvas incisas, excisas, botones modelados y puntos, asociados con los colores rojo y negro empleados para destacar zonas específicas o como relleno de las incisiones que ilustraban posiblemente la sangre circulando. Tales budares parecen haber estado destinados a la elaboración de tortas de casabe a ser consumidas ritualmente por individuos masculinos considerados importantes, como shamanes o caciques (Sanoja y Vargas, 1999a).

Una de las alfarerías que presenta también un patrón decorativo extremadamente complejo es la que realizaron las mujeres de la Tradición Cultural Saladero Costera (2000-800 a.p.). La cerámica recuperada en las investigaciones arqueológicas realizadas en los sitios Cuartel, Puerto Santo y Playa Grande, área de Carúpano y Río Caribe, Edo. Sucre (Vargas, 1978, 1979, 1983) muestra una decoración de extraordinario valor estético donde se mezclan elementos esquemáticos, logrados a partir de la utilización de pigmentos minerales rojos y blancos, combinados con grandes adornos biomorfos y zoomorfos modelados incisos, algunos muy figurativos. La técnica pictórica empleada se conoce como pintura negativa-positiva, usada para elaborar paneles con formas geométricas como trapecios, rectángulos, óvalos, conos unidos por el vértice, etc., pintados totalmente de rojo y circundados por líneas blancas de las cuales, en ocasiones, se desprenden espirales y ganchos grabados o dejados en negativo, del color naranja de la superficie, que crean una ilusión de profundidad. Los adornos modelados representan la fauna local, sobre todo aves como loros y tucanes, y pequeños mamíferos y quelonios (Vargas, 1979 Lam. 20, 24, 30; GAN, 1999, figs. 12, 13), así como elementos biomorfos, mitad humanos, mitad animales.

La alfarería de esta tradición, la cual se inicia –en términos históricos—entre los grupos tribales vegecultores igualitarios que ocupaban para comienzos de la era cristiana el Medio Orinoco, sitios La Gruta y Ronquín (Vargas, 1981), parece ser testigo de la producción artesanal de mujeres arawakas. Estas poblaciones, a juzgar por los datos arqueológicos, migraron de tierra firme hacia las Pequeñas y las Grandes Antillas, Puerto Rico y la porción oriental de República Dominicana. La internalización de los códigos simbólicos referentes de la etnicidad por parte de las artesanas saladoreñas parece haber sido tal, que los duplicaron en los espacios insulares.

En el caso venezolano, donde podemos inferir más claramente a partir de la alfarería la que pudiera ser una ideología de la dominación masculina, es entre las producciones artesanales de sociedades tribales jerárquicas, y ello ocurrió porque los/as artesanos/as adquieren en los cacicazgos una connotación fundamental, pues realizaban un trabajo especializado ya que su producción fue destinada, a partir de ese momento, a justificar el sistema social desigual y, en consecuencia, fue usada para expresar las diferencias sociales de manera de consolidar las relaciones que se establecían para la apropiación diferencial de los excedentes de la producción. Las artesanías pasaron a ser entonces, referentes simbólicos de una ideología que legitimaba el poder de los estamentos masculinos dominantes, permitiendo su reproducción, convirtiéndose, gracias a la utilización de materias primas alóctonas o exóticas, en símbolos de prestigio a ser usados por las elites. Para convencer a las mayorías de que eran capaces de controlar la vida social toda, las elites gobernantes necesitaron de una ideología que las legitimara. De allí la necesidad de destacarse mediante el uso de elementos materiales que simbolizaban esas supuestas capacidades únicas.

Es muy probable que las mujeres pertenecientes a los linajes dominantes ocuparan también posiciones jerárquicas y, en consecuencia, gozaran de algunos de los beneficios que poseía el resto de los miembros de la elite. En tal sentido, Helms reporta reiteradamente la significación que tenían las mujeres de los linajes dominantes en los cacicazgos panameños, y su importancia a efectos de las líneas de sucesión (1979: 20 y sgts.). Sin embargo, ello no impedía que fuesen usadas como mercancías o fuesen sacrificadas en actos rituales cuando moría un cacique o principal (Salazar, 2002).

No es imposible, pues, que las mujeres, sobre todo las del común, hayan estado implicadas en la abundante producción de bienes artesanales, relativamente masificada y estandardizada que caracteriza a estas sociedades. Sus tareas deben haber incluido –además de la producción alfarera-- la elaboración de textiles, sobre todo la manufactura de mantas, hamacas y chinchorros, esteras y cestos, así como la confección del conjunto de adornos corporales hechos en piedra, resinas, cerámica, semillas o conchas de moluscos marinos para fines rituales, la producción de sartas de cuentas (denominadas quiteros) empleadas como mortajas, la manufactura de la cerámica ritual y doméstica, etc.

Los materiales recuperados en los contextos arqueológicos provenientes del trabajo especializado en la producción artesanal reflejan que había un tiempo de dedicación mayor por parte de los/as artesanos/as en la elaboración de los objetos que eran utilizados por las elites en la vida diaria y para fines rituales, especialización que era posible gracias a la producción excedentaria de bienes primarios (Vargas y otros/as, 1997, Vargas, 1989); ésta estaba destinada a mantener a los/as especialistas. En tal sentido, las investigaciones arqueológicas realizadas en cementerios localizados en el valle de Quíbor, del río Turbio, estado Lara, y en el área de Carora, cercana al piedemonte del estado Trujillo (Gil, 2002; Vargas y otros/as, 1997; Sanoja y Vargas, 1987; Toledo y Molina, 1987), fechados entre inicios de la era cristiana y 1700 a.p., han permitido recuperar una alfarería producida por las mujeres exclusivamente para el culto a los muertos, producto del trabajo artesanal especializado o semi-especializado (Toledo, 1995) ya que esta producción no era para el intercambio sino para el consumo interno, sobre todo para la redistribución y para el culto.

Entre las sociedades cacicales eran comunes las representaciones artesanales de la figura humana, destacando en ese sentido las elaboradas por alfareras de la Tradición Cultural Valencia (1000-1500 a.p.) y las de las artesanas de los grupos cacicales que ocuparon la región andina (siglos XI al XIV). Es de señalar que en la región de Valencia aparece una gran profusión y variedad de figuras humanas, casi todas del sexo femenino y algunas de ellas en estado de gestación, aludiendo a la capacidad reproductora de las mujeres (Ver por ejemplo, Boulton, 1978: 231).

Varios autores/as han interpretado de manera diferente a estas figurinas (v.g. Frankel, 1997; McDermott, 1996; Cook, 1996; Gordones y Meneses, 2001). Bolger (1997), por ejemplo, señala que poseían un mensaje subyacente que implicaba cuál era la trayectoria que se esperaba siguieran las mujeres para poder ser consideradas miembros plenos de la sociedad: matrimonio, embarazo, parto y maternidad. McDermott (1996), por su parte, ha intentado demostrar mediante la comparación de fotografías actuales de mujeres en estado de gestación tomadas desde un ángulo sólo posible de lograr desde su propia visual, cómo existe una correspondencia exacta con las figurinas femeninas del Paleolítico Superior europeo. Concluye que éstas constituyeron en realidad autorretratos y propone que, como tales, fueron manifestaciones artísticas que reflejaban el auto control consciente de las mujeres sobre las condiciones materiales de sus vidas reproductivas (1996: 227). Cook (1996), quien está de acuerdo con McDermott, se niega a concebir las figurinas femeninas como símbolos de conceptos amplios, no personales tales como fertilidad y maternidad, y piensa que fueron producidas para ajustarse a convenciones estandardizadas (1996: 250). Gordones y Meneses se oponen a las ideas de Bolger cuando señalan que esas representaciones humanas han sido interpretadas erróneamente dentro del discurso ideológico tradicional, al asociarlas a cultos de la fertilidad y al papel de la madre reproductora, ideología que –apuntan— “... pretende estandardizar y dirigir la participación de la mujer en la sociedad hacia la reproducción y cuidado de la especie...” (2001: 99).

Podemos concluir en relación a este debate que fuesen las figurinas femeninas autorretratos como propone Mc Dermott, o referentes ideológicos para la naturalización de los papeles sociales que se espera jugaran las mujeres en la reproducción social, constituyeron elementos de intermediación entre el mundo real y el imaginario, con distintos contenidos simbólicos.
En la zona andina venezolana, las artesanas representaron también de manera profusa la figura humana, en clara alusión al papel de los géneros en el mantenimiento y reproducción de la estructura social asimétrica, fundamentalmente a través de imágenes de hombres, de pié o sentados sobre duhos (taburetes), que han sido interpretados como ilustrativos de shamanes en actitud oferente (Delgado, 1989. Ver por ejemplo, Boulton, 1978: 155, 156 y 159). Las figuras masculinas están decoradas, muchas de ellas, con pinturas que sugieren la presencia del vestido. Las representaciones de mujeres a través de figurinas, ya sea de pié o sentadas, se presentan decoradas igualmente con pintura roja y negra sobre un fondo blanco. En ambos casos, los pigmentos fueron empleados para mostrar el vestido, los adornos corporales y las deformaciones intencionales. Aparecen igualmente muchas figurinas, masculinas y femeninas, sin ningún tipo de ornamentación.

Según Gordones y Meneses, las representaciones andinas, tanto las de hombres como las de mujeres presentan características muy similares: posiciones, adornos, vestidos por lo que, señalan, constituye un error asociar las masculinas con shamanes (elite) y las femeninas con el papel de la mujer en la reproducción (2001: 104) ya que ello tiende a fortalecer la separación de los ámbitos de actuación de los géneros que ha acuñado la ideología patriarcal. En realidad, dicen, la similitud en los rasgos que poseen las figurinas de ambos sexos podría sugerir la realización de actividades y papeles comunes por ambos géneros (2001: 102).
Las poblaciones que habitaron entre los siglos XI y XII la zona altoandina del estado Mérida, y las del área Carache en el estado Trujillo (siglos XIII y XIV; Wagner, 1988), utilizaron la arcilla, la piedra, el hueso y las conchas de moluscos para elaborar figurinas antropomorfas empleadas, al parecer, en ritos y ceremonias (Ver por ejemplo, Boulton, 1978: 204-205, 192, 193 y 194).

Pensamos que las representaciones de la figura humana entre estas poblaciones permitían el fortalecimiento de la estructura social, al enfatizar, a través de distintas ceremonias, el poder que tenían los shamanes (hombres) quienes, según la ideología, eran los únicos capaces de comunicarse con los/as dioses/as; señalaban asimismo, tanto el papel reproductor de las mujeres dentro de los linajes dominantes como su propia posición jerárquica. Efectivamente, es posible inferir de las deformaciones presentes en las figurinas femeninas, la adscripción de las mujeres representadas a los linajes dominantes, ya que este rasgo, las deformaciones, estaba reservado precisamente a sus miembros. Aunque las pinturas corporales, tanto femeninas como masculinas eran usadas por casi todos los grupos sociales pre contacto, parece haber existido en las sociedades cacicales andinas un particular diseño, incluyendo trazados y colores, en combinación con deformaciones corporales en miembros y cabezas, entre los individuos de los linajes dominantes de los cacicazgos, ya fuesen hombres o mujeres (Kidder II, 1944; Vargas, 1988, Vargas y otros/as, 1997).
Comentarios Finales

Como hemos resumido en páginas precedentes, los resultados de las investigaciones arqueológicas en Venezuela nos permiten concluir que las mujeres tribales fueron las artesanas de la cotidianidad; elaboraron adornos corporales hechos con piedras, semillas, arcilla, huesos, cerámica, conchas de moluscos y un sin número de materiales. Destacan en ese sentido los collares, pulseras, tobilleras, pendientes, orejeras, aretes, tocados de plumas, peines y otros artificios para el cuido del cabello, palitos para mutilaciones en los labios (antecesores de los actuales piercing), cordones o cintas para deformar las piernas, tablillas y cintas para la deformación craneal, pigmentos de uso diario y ceremonial, suertes de bandanas, etc. También artesanalmente, manufacturaron los múltiples enseres necesarios en la vida doméstica cotidiana: chinchorros, cuerdas, costales y sacos, abanicos, esteras, mantas, mosquiteros, cestas, telas para el vestido y otros usos, topias de arcilla para las cocinas, recipientes de madera, de conchas de gasterópodos y de frutos para distintos fines, morteros de madera y de piedra, vajillas culinarias y vajillas ceremoniales en arcilla, etc.

Las artesanas tribales del oriente de Venezuela participaron en la elaboración, además de vasijas cerámicas, de parte del complejo de útiles destinados a la manufactura del casabe, en el cual se combinaban diversas materias primas: cestas tejidas para la obtención de la harina de yuca, paletas “para levantar” las tortas, hechas de totumas (Crescencia cujete) o de fragmentos de cerámica (Sanoja, 1979: 81 y sgts.), topias o “estufas” para la cocción de los alimentos, budares de arcilla para cocer las tortas, etc. En otras regiones del país, como en Lara, Trujillo y Cojedes, aparecen manos de moler y metates de piedra desde 2230 a.p. (Sanoja, 2001: 15-18; Meneses com. Pers. 2005), que ilustran cómo, desde fechas tan tempranas, las mujeres de esa zona trabajaron la piedra para manufacturar instrumentos de trabajo destinados a la molienda de granos, nueces, semillas y pigmentos. Emplearon la piedra también, en la fabricación de idolillos y cuentas de collares (Wagner, 1967; Vargas y otros/as, 1997).

A partir de la colonia, las mujeres y los hombres esclavos de origen africano intervinieron también en la elaboración de la cestería de tradición indígena que persiste hasta nuestros días (Acosta, 1984: lam. 2).

A partir del siglo XVI, el trabajo artesanal de las mujeres en general continuó confinado mayormente a la manufactura de los bienes de uso cotidiano, tal como sucedía en las sociedades indígenas precoloniales. Las vasijas de barro: ollas, platos, pimpinas, tazones, etc. que habían formado parte de la vajilla culinaria doméstica, ingresaron en el circuito comercial de la sociedad indohispana. La mujer artesana las vendía en los mercados directamente o bien eran las artesanías eran distribuidas por los vendedores ambulantes, usualmente hombres, a la par que ofertaban a los clientes gallinas, yerbas medicinales o condimentos, cestas, etc. El registro arqueológico de las viviendas indohispanas, incluyendo conventos como el de San Francisco o casas de familias ricas (Sanoja y Vargas, 2002), indica el uso extensivo de la vajilla culinaria de manufactura aborigen, incluyendo especies de grandes calderos cónicos similares a los empleados actualmente para freir chicharrones y carne de cerdo (Vargas et alíi, 1998; Sanoja y Vargas, 2002). La persistencia del oficio de alfareras continúa a través de tradiciones bien conocidas como las loceras de Yai, El Bigiadero y El Patriota, estado Lara, las de Lomas Bajas, Táchira o las de El Cercado, Isla de Margarita, las cuales --hasta 1960-- tuvieron utilidad culinaria en las comunidades vecinas a dichos centros de manufactura. Simultáneamente, entraron también en los circuitos turísticos que comenzaron a organizarse a partir de aquella fecha.

No es casual, entonces, que hoy día persistan algunas expresiones contemporáneas de las antiguas manifestaciones artesanales de tradición indígena o africana entre las mujeres de la sociedad criolla, como las casaberas en los estados Sucre y Monagas, o las muñequeras en el estado Sucre, o las cesteras en Nueva Esparta, o las loceras del estado Lara o del estado Táchira. Por otro lado, aunque entre las etnias indígenas, sobrevivientes a la conquista y colonización existen numerosas artesanías, éstas han perdido su función social y han devenido mercancías con valor estético consumidas por los sectores urbanos más privilegiados económicamente, ya sea en el ámbito nacional como en el internacional. Al mismo tiempo, es conveniente señalar que las artesanías en general, sean de tradición indígena, africana, hispana o criolla productos de una síntesis cultural, tienden a desparecer del mapa venezolano actual, aunque un “pequeño repertorio de útiles ha resistido”, no obstante a la vorágine capitalista que las ha reducido a mercancías (Delgado, 1996).
Referencias Citadas

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Las Mujeres Populares en la Estructuración de las Familias Latinoamericanas. Diversidad Cultural y la Globalización Neoliberal

Ponencia presentada en el Congreso Internacional “América Repiensa América”, organizado por la Fundación Celarg, Caracas, Octubre 2007


Las Mujeres Populares en la Estructuración de las Familias Latinoamericanas. Diversidad Cultural y la Globalización Neoliberal


Iraida Vargas Arenas
Universidad Central de Venezuela


Introducción

Repensar América supone repensar a su gente y cuál mejor manera de hacerlo sino reflexionando sobre las familias latinoamericanas donde esa gente es creada y socializada. Las familias latinoamericanas –según la mayoría de los investigadores e investigadoras que abordan su estudio—se encuentra sumergida en una crisis profunda, crisis que abarca simultáneamente la formación en valores. A pesar de lo que se pudiera creer a partir de las abundantes investigaciones realizadas, el tema está lejos de ser bien conocido por lo que las soluciones que reiteradamente se han propuesto, tienden a nuestro juicio a ahondarla aún más. La socialización que se realiza a nivel familiar es insustituible ya que es allí donde se establece una orientación valorativa que regirá la actuación de los niños y niñas y de los y las jóvenes. Esa orientación, vale decir, los criterios, opiniones, perjuicios, estereotipos, normas morales, principios, ideales y anhelos espirituales, es insustituible en la relación que establecen las personas entre la realidad objetiva y los componentes de sus personalidades, lo que se expresa a través de conductas y comportamientos. Pero esa orientación valorativa familiar solo es útil para la transformación social cuando esos valores son producto de una reflexión que se da en la actividad práctica con un significado asumido, cuando los comportamientos son el resultado de aprendizajes conscientes y significativos en lo racional y en lo emocional (Arana y Batista, 2007).

Lo anterior nos lleva a plantear el carácter vital y estratégico de la formación en valores a nivel familiar, sobre todo cuando en Venezuela estamos empeñados en la transformación social y la integración de la Patria Grande latinoamericana. De manera pues que para repensar a América no solo es necesario sino imprescindible conocer los procesos que han llevado a la estructuración y actualmente a la desintegración de las familias latinoamericanas.

Procesos actuales de estructuración-desestructuración de las familias populares latinoamericanas

Nos referiremos de manera fundamental a las familias populares y dentro de ellas al papel protagónico de las mujeres, así como también a la incidencia de factores socio-históricos, socio-culturales, socio-económicos y socio-ambientales que intervienen tanto en la estructuración como en la desestructuración familiar. Es importante destacar que cuando nos referimos a familia no estamos aludiendo solamente a la familia nuclear patriarcal, la llamada familia victoriana, que nos fuere impuesta a los pueblos americanos desde la colonia como la unidad, el núcleo y el centro de la estabilidad social; incluimos también a las formas familiares matricéntricas, sostenidas por las mujeres populares latinoamericanas, formas que surgen a partir del siglo XIX y que en la actualidad son características de todos los sectores populares de América Latina (Vargas 2006; Dore, 1997). Las tesis europocéntricas sobre la familia patriarcal como una unidad transhistórica, célula social fundamental, están siendo refutadas por la propia realidad, en especial si tomamos en cuenta que en las últimas cinco décadas del siglo XX se dieron transformaciones sustanciales en los valores sexuales, se incrementaron los divorcios, operó una tendencia hacia el abandono por parte de las mujeres de sus espacios tradicionales y se han intensificado los cuestionamientos al poder patriarcal (Vargas 2006).

Factores de desestructuración familiar: el caso de las migraciones

En primer lugar mencionamos el impacto negativo de la globalización del neoliberalismo económico que en los últimos 25-30 años ha acentuado la condiciones de pobreza secular en las cuales viven los pueblos de América Latina que se originan con la condición colonial, ocasionando en gran medida la desestructuración de las familias populares tradicionales. Las cifras que nos ofrece el PNUD señalan un aumento del 60% de la pobreza en todos los países de la región y un 40% de familias que viven en la miseria. Debido a la existencia de las familias matricéntricas en los países latinoamericanos, se ha dado un acelerado proceso de feminización de la pobreza.

Uno de los factores desestructurantes fundamentales en la mayoría de nuestros países ha sido la migración de las mujeres hacia los centros metropolitanos de poder, como respuesta a la crisis económica que ha generado un estado generalizado de pobreza y miseria en sus países de origen. En este sentido es bueno recordar que entre las familias matricéntricas, las mujeres son no solamente las distribuidoras de recursos, como sucede en las familias nucleares patriarcales, sino también las únicas proveedoras.

Otro factor importante a tener en cuenta para que se dé la migración de hombres y mujeres, sobre todo de estas últimas, es la composición diferencial de los sectores populares en los distintos países de América Latina. En aquéllos donde esos sectores están compuestos mayoritariamente por indígenas y por afrodescendientes, han sido más vulnerables a las políticas económicas neoliberales que los han llevado a vivir en terribles condiciones de pobreza y miseria, debido a que siempre se acompañan de formas extremas de discriminación racial, ausencia de derechos civiles mínimos, exclusión y marginación. Todo lo anterior ha generado en esos países una muy baja calidad de vida para los sectores populares. Tal es el caso de Guatemala, Salvador, México, Honduras, Bolivia, Perú, Ecuador, Paraguay, Haití, República Dominicana y Antillas Menores. Lo mismo sucede en aquéllos en donde los sectores populares están formados básicamente por campesinos/as tradicionales, también especialmente vulnerables a dichas políticas, por lo que son golpeados fuertemente por la pobreza y la miseria, en especial las mujeres quienes la ideología patriarcal imperante dentro de sus propias comunidades y en la sociedad general las ha forzado a permanecer recluidas en el espacio doméstico. Tal situación ha caracterizado a países como Colombia, Nicaragua y Panamá. Por el contrario, en aquellos casos en donde predominan mayorías mestizas, sobre todo urbanas, las políticas de beneficencia y asistencialismo del Estado de Bienestar, aunque no impidieron su empobrecimiento y el incremento de condiciones espantosas para su propia existencia, tendieron a paliar los efectos negativos de las políticas neoliberales. Al mismo tiempo, en estos últimos países, el Estado de Bienestar normó la posibilidad de ascender socialmente a los individuos que no a los colectivos; este hecho posibilitó que importantes segmentos de esas mayorías populares se plantearan salidas individuales a la pobreza y exclusión. Tal ha sucedido en Brasil, Uruguay, Chile, Venezuela y Argentina. No obstante, aunado a lo anterior, en todos los casos las mujeres de cualquier condición social y étnica de todas las procedencias deben enfrentar el problema de la violencia doméstica, otro factor que incrementa la migración.

Como podemos ver, la desestructuración familiar se manifiesta de manera diferencial al interior de cada país latinoamericano según cuáles sean sus características socio-culturales, socio-étnicas y socio-ambientales, resultados de procesos históricos concretos, así como también según cuál sea su grado de dependencia actual del sistema económico capitalista mundial. En este sentido es bueno tomar en consideración la existencia en determinados países de recursos naturales importantes para las tecnologías de punta de los países industrializados (gas, petróleo, bauxita, níquel, etc.), recursos acuíferos, biodiversidad, existencia de formas de industrialización, existencia de recursos humanos calificados, etc. que los hace muy apetecibles a las empresas transnacionales imperiales.

Otro factor decisivo ha sido la guerra, cuyas secuelas han originado el desplazamiento de enormes masas de población y la migración de una importante cantidad de mujeres, tal como sucede (o ha sucedido) en los casos de Perú, Colombia y Centro América (sobre todo en Salvador y Nicaragua).

La migración de mujeres latinoamericanas ha generado fenómenos y problemas sociales extremadamente complejos que afectan la cohesión del tejido social ya se trate del país de origen o del nuevo, donde se insertan al migrar. Ello ha determinado la formación de nexos parentales paralelos: unos en los países de origen y otros en los países de inserción.

En los países de origen, podemos caracterizar esos nexos parentales, según el país o región que se trate, atendiendo a la siguiente tipología de problemas:

- Pérdida total del agente socializador fundamental a nivel familiar, la madre. Este problema es común a todos los casos.
- Persistencia de la familia matricéntrica, caracterizada por su construcción y participación en redes de solidaridad y cooperación fundamentadas en el parentesco consanguíneo y en el clasificatorio. Tales formas familiares suponen una resemantización de la familia extensa de origen indígena, con fuerte énfasis en formas familiares de origen africano (Vargas, 2006, 2007); se manifiestan sobre todo a nivel urbano y garantizan a las mujeres migrantes poder viajar, dejar los hijos/as, etc. Las que quedan en los lugares de origen son generalmente las abuelas, hermanas, tías y demás parientes femeninas quienes cuidan a la descendencia. No obstante esta persistencia, las políticas económicas neoliberales continúan agudizando las condiciones de pobreza en las cuales viven esas familias, por lo que el flujo de la migración es casi indetenible. Tal es el caso de las mujeres de Perú, Colombia, Centro América, las Grandes Antillas, Ecuador y Bolivia.
- Se observan diferencias basadas en las tradiciones culturales de cada país. Entre las mujeres de Perú, Ecuador y Bolivia, por ejemplo, parece seguir operando la solidaridad y la cooperación características del aiyúu andino. Sin embargo, al no poder escapar de los efectos nocivos del neoliberalismo, los valores con los cuales funciona ese tipo de familia tienden a actuar mayoritariamente en los espacios rurales y no tanto en los urbanos.

En los países de inserción:

- Establecimiento de nexos basados en el parentesco clasificatorio, sobre todo por adhesión, en los nuevos lugares adonde migran.
- Establecimiento de ciertas formas de solidaridad y en ocasiones de cooperación sobre la base de las tradiciones culturales nacionales compartidas, incluyendo un reconocimiento a la identidad nacional de origen. Ello se manifiesta, particularmente, en el compartir similares referentes culturales --materiales y simbólicos--: tradiciones culinarias, música, lengua, gestualidad, etc.
-Así mismo y con igual relevancia, el contenido de la dicha solidaridad se establece con base a la etnicidad (por ejemplo, entre latinoamericanos/as, o entre afrodescendientes, o entre indígenas) y al género (entre mujeres y entre homosexuales).
- Un importante factor estructurador de la solidaridad entre las mujeres en dichos países refiere también a la identidad que establecen con sus condiciones laborales. En este sentido, es especialmente relevante el caso de muchas mujeres dominicanas dedicadas a la prostitución en Europa y en algunos países latinoamericanos (CAREF, Comisión Argentina para los Refugiados, 2003).
- Las mujeres latinoamericanas populares que migran pasan a formar parte de las minorías étnicas que caracterizan a los países más desarrollados, en donde como sabemos se ven sometidas a nuevas formas de exclusión, marginación, violencia y racismo. Muchas de ellas se ven obligadas a incorporarse a los peores trabajos, incluyendo la prostitución. Por norma general, prestan servicios domésticos, trabajan por salarios irrisorios, muchas no poseen identidad para el país en donde se insertan debido a que la mayoría de las veces no tienen documentación; como consecuencia, son objeto de las más terribles formas de explotación y están sometidas a múltiples vejaciones.

Como se infiere de la caracterización anterior, la pertenencia a una determinada clase social determina la necesidad de migrar y, en consecuencia, ello incide en la estructuración de la familia tanto en el país de origen como el país donde se insertan.

La migración de las mujeres ha creado en muchos casos la disgregación de las familias latinoamericanas, no obstante que, como sucede con las dominicanas y muchas centroamericanas, tratan de mantener la vinculación con sus familias de origen, hijos e hijas incluidos/as, mediante el uso de la tecnología de la comunicación: llamadas telefónicas esporádicas, uso del correo electrónico, pero sin poder incidir de manera real en la socialización de hijos e hijas. Aunque muchas mujeres intentan lograr la migración de toda la familia, muy pocas lo logran.

Si bien es cierto que la mayoría de los gobiernos de los países latinoamericanos conocen la situación de desintegración de las familias gracias a la migración de las mujeres populares, las más de las veces voluntaria, otras forzada mediante la trata de mujeres, ha tolerado esas migraciones e incluso las ha estimulado pensando en las remesas de divisas que esas mujeres aportan.

Como ya ha sido señalado por muchos autores y autoras, existe una estrecha relación entre criminalidad juvenil y familias desarticuladas. En tales casos, los y las jóvenes latinoamericanos populares tienen pocas oportunidades para formar familias estables, menores oportunidades de haber concluido sus estudios y de insertarse en un mercado laboral, sobre todo en empleos regidos por la lógica económica neoliberal. Cuando nos referimos a familias estables no estamos aludiendo necesariamente a la familia nuclear patriarcal, sino que incluimos también a las formas familiares matricéntricas.

Como ya hemos advertido, las mujeres latinoamericanas que migran al exterior pasan a formar parte de minorías étnicas en los países donde se insertan. En dichos países esas minorías son sujetos de políticas racistas, carencia de empleos, acoso étnico, negación de ascensos laborales, discriminación por género (a mujeres y homosexuales), intolerancia hacia los elementos culturales que poseen (especialmente a la lengua), concentración de sus niñas y niños en escuelas públicas de los arrabales de las grandes ciudades, 50% de diferencia en el salario que devengan en relación a los y las locales, negación o restricción en el acceso a las iglesias, clubes y asociaciones existentes ya que las familias locales tienden a constituir círculos cerrados.

Las poblaciones de los países donde migran las mujeres manifiestan una tolerancia represiva, y sabemos que la tolerancia no basta para suprimir la discriminación. Aún cuando el racismo puede no ser abierto, se presenta encubierto en el mejor de los casos, dentro de un racismo de lo cotidiano basado en ideologías fascistoides. Las minorías étnicas son concebidas por la población local como atrasadas dada la incompatibilidad que muestran en la ética del trabajo que existe entre ambos países (el de origen y el de inserción). Dado que los patronos tienen total libertad para emplear y despedir, y puesto que en muchas ocasiones se trata de empleadas “ilegales”, éstas no gozan de los beneficios que posee la llamada “población blanca”. Ello sucede incluso para aquellas personas que han nacido en el país y que constituyen nuevas generaciones, como nos lo mostraron los eventos de 2006 en Francia.


La estructuración y desestructuración de las familias populares venezolanas


La estructuración

Las mujeres populares venezolanas no migran, en general, hacia el exterior; de hecho podemos considerar que cuando ello sucede, no lo hacen de la misma manera, cantidad ni por las mismas razones que las de otros países latinoamericanos. Recientemente (en los últimos diez años) ha habido un incremento en la migración de mujeres de clase media, pero esa migración tiende a ser de toda la familia. Por otro lado, no se trata de familias matricéntricas tal como las hemos caracterizado en este trabajo, no obstante la alta incidencia de divorcios y la presencia de madres solas como sostenes de la familia dentro de esa clase. Por otro lado, esas mujeres clase media no forman parte de las redes de solidaridad y cooperación que se observan en los sectores populares urbanos y rurales, o lo hacen de manera muy tenue, sobre todo si se trata de la clase media baja. En su caso, la migración se origina generalmente por razones políticas, gracias a la alienación de dicha clase social al neocoloniaje, y a que poseen una identidad cultural y política definida por la alteridad en donde no intervienen elementos étnicos, aunque sí algunos culturales. Un aspecto importante de destacar es que esas mujeres siguen vinculadas (y lo reproducen) al modelo de familia patriarcal que se originó en Venezuela a partir de la colonia (Cicerchia 1997, Vargas 2006).

Cariola señala –y estamos de acuerdo con la autora-- que la unidad básica de reproducción entre los sectores populares latinoamericanos no es la familia sino la unidad doméstica, entendida como: “... la organización de un conjunto de personas que conviven en la misma vivienda sobre la base de relaciones de parentesco y afinidad para realizar y compartir las actividades de producción y reproducción de sus miembros de acuerdo a una determinada división del trabajo, distribución de responsabilidades y de un esquema de autoridad.” (Cariola, 1992). Esta definición de Cariola coincide con la nuestra para las familias matricénticas. Es estas últimas no están ausentes los hombres, aunque su presencia tiende a ser eventual (Vargas, 2006, 2007).

En consecuencia, para nosotras la familia, más que una estructura, constituye un sistema de relaciones que varía históricamente (McGuire y Woodsong, 1990, Vargas, 2006). Ese conjunto de relaciones cambiantes está caracterizado por conductas que expresan disimetrías, formas de dominación y subordinación, así como también formas cooperativas y solidarias internas. Por estas razones consideramos que la naturalización de la familia patriarcal por parte de los sectores dominantes desde la colonia en Venezuela ha sido un factor fundamental que ha propiciado la exclusión y discriminación de las mayorías populares. Ha servido, igualmente para considerar a las formas familiares matricéntricas como ilegales, irregulares e inestables. Estas expresiones familiares matricéntricas muestran la variabilidad de formas de relación, de conducta y asociación que obedecen a causas históricas, étnicas, culturales, de género y de clase. Sin embargo, la ideología de la dominación ha convertido esas formas familiares matricéntricas en un anti valor y, en consecuencia, a sus creadoras en elementos disfuncionales del sistema social, lo que ha contribuido a la estereotipación de las mujeres de los sectores populares como promiscuas, amorales, que no obedecen a ninguna autoridad, sin afectos ni sentimientos positivos, cuyas experiencias de vida no son importantes para la sociedad nacional. De esa manera, además de los males sociales que sufren esos amplios sectores de la población como consecuencia de las condiciones de pobreza y marginación social centenarias en las cuales viven, las formas de unión que realizan son naturalizadas al explicarlas como “desviaciones” atávicas (Vargas 2006).

La desestructuración

Los planteamientos que se observan en los autores y autoras que tratan con el tema de la pobreza en América Latina coinciden en señalar que la desocupación laboral y la informalidad son las causas centrales de la pobreza (vg. Kliksberg, 2000). Así mismo, investigadores como Kliksberg señalan que el desempleo, el sub-empleo y la pobreza se conjugan estrechamente en la región. Para el autor, la acentuada desigualdad social que caracteriza a los países latinoamericanos tiene impactos regresivos en múltiples áreas, entre las cuales destaca una reducción en la capacidad de ahorro a nivel nacional, lo cual establece limitaciones en los mercados internos, afectación de la productividad, efectos negativos sobre el sistema educativo, perjuicios a la salud pública, exclusión social y problemas de gobernabilidad democrática.

Kliksberg penaliza a la familia matricéntrica que caracteriza a todos los países latinoamericanos, a la cual culpabiliza de la existencia de niños y niñas con problemas de conducta, con lo que denomina “conductas antisociales y criminales”, con rendimiento escolar disminuido y similares. Por el contrario, defiende a la familia patriarcal nuclear, la cual garantiza, según él, una disminución en la tasa de mortalidad infantil, el desarrollo de lo que llama “la inteligencia emocional” (siguiendo a Goleman, 1995), menor tendencia hacia comportamientos sociales criminales, etc.

A pesar de las conclusiones en torno a ambas formas familiares que se desprenden del acucioso estudio de Kliksberg, su planteamiento parece estar destinado a legitimar la desestructuración de la familia matricéntrica y propender hacia el fortalecimiento de la familia nuclear patriarcal como creadora y estimuladora de los valores conexos con la idea capitalista de desarrollo, pensando que en la solución de las condiciones de pobreza en Latinoamérica deben incidir elementos como aumentos de la productividad, adaptación de los individuos a las normas de convivencia basadas en el individualismo, a una cierta idea del trabajo “productivo”, es decir, aquél que permite una mayor rentabilidad. Se nos habla pues del crecimiento económico como la única manera de combatir la pobreza. Pensamos por el contrario, siguiendo las ideas de Vandhana Shiva, la prestigiosa física hindú, premio Nóbel Alternativo, que la solución a las condiciones de pobreza latinoamericana no reside en estimular lo que la autora denomina el “maldesarrollo”, ya que éste “…rompe la unidad cooperativa de lo masculino y lo femenino y pone al hombre, despojado de principios femeninos, por encima de la naturaleza y la mujer, separado de ambas” (1991:28). Shiva apunta que el “maldesarrollo se ha caracterizado por una violación de la integridad de sistemas orgánicos interconectados e interdependientes, lo que pone en movimiento un proceso de explotación, desigualdad, injusticia y violencia.

Shiva, impulsora del ecofeminismo, define la apropiación masculina de la agricultura y de la reproducción, es decir de la fertilidad de la tierra y de la fecundidad de la mujer, como una consecuencia del desarrollismo impulsado por la civilización occidental, la cual es patriarcal y economicista. Dice la autora que dicha apropiación se ha traducido en dos efectos perniciosos: la sobre-explotación de la tierra y la mercantilización de la sexualidad femenina. Para la investigadora, la opresión que sufrimos las mujeres se relaciona con el deterioro de la naturaleza, ya que los valores patriarcales producen ambos problemas. Por tanto, es necesario reivindicar valores que se consideran femeninos ya que, al tener un origen común la dominación y explotación de la naturaleza y la de las mujeres, ello sitúa a las mujeres en una situación privilegiada para acabar con dichas dominación y explotación (Shiva, Videoconferencia, 2007).

Según Quiroga (1994), quien se inspira en las ideas de Shiva, el maldesarrollo se extiende también a los espacios de la intimidad, donde los seres humanos reproducimos el patriarcado; ello, para la autora, dificulta el desarrollo tanto de las mujeres como de los hombres y, de hecho, hará imposible incluso la conservación de la especie humana. Un tipo de desarrollo alternativo al maldesarrollo constituye para Quiroga una utopía posible (1994: 89-90).

Para Shiva existen tres tipos de economías: la que denomina economía de la naturaleza, en donde prima lo ecológico; la economía de la gente, donde las mujeres juegan el rol más importante; y la economía de mercado, que es destructora de la naturaleza y de la gente (Shiva, Video Conferencia 2007). Puesto que, según dice la autora, las dos primeras nunca han sido tomadas en cuenta, y porque nos parece precisamente que las familias matricéntricas se focalizan en la economía de la gente con sus redes de solidaridad y reciprocidad, resulta a nuestro modo de ver un error culpabilizarlas de los peores males sociales. Hay tesis que apuntan a que el origen de esas familias matricéntricas reside precisamente en que constituyen respuestas a las condiciones de pobreza que ha generado el capitalismo, por lo cual son vistas como formas adaptativas a dichas condiciones (ver por ejemplo, Cariola, 1992). Sin tratar de desmerecer el excelente trabajo de la autora, pensamos que esto no es del todo cierto, toda vez que consideramos que tanto su origen reside en las familias extensas de las sociedades originarias indígenas y africanas, como que su función no es adaptativa sino de resistencia, entendida esta última como lucha, combate, protestas, como tendencias hacia el cambio y como manifestación de las oposiciones que son inherentes a las contradicciones que caracterizan a los procesos de dominación especialmente en el marco de la lucha de clases (Vargas 2007).

La familia extensa indígena fue el modelo familiar al cual se enfrentó la corona española a partir del siglo XVI. Y aunque la familia extendida característica de las sociedades indígenas tribales dio paso –en términos generales-- a la nuclear patriarcal como la forma que mejor se adecuaba al proceso productivo capitalista, no desapareció totalmente. Aunque la estructura de la familia extensa, fundamento de la sociedad indígena y de muchas sociales africanas objetos de la trata de esclavos/as para los siglos XVI y XVII, fue fragmentada al abolirse la utilización de las viviendas comunales, reemplazadas por viviendas unifamiliares, ocupadas por un nuevo tipo de familia nuclear: madre, padre e hijos/as; y aunque ello cortó la relación del colectivo con la tierra y la naturaleza, la cual comenzó a estar mediada por la institución del encomendero o el cura de misión y posteriormente por las instituciones de la república, la estructura de parentesco de los sectores populares femeninos urbanos actuales tiende a funcionar como la familia extensa indígena y africana y se concreta en la comunidad doméstica. Una de las manifestaciones urbanas más conspicuas de esas comunidades domésticas son las nuevas viviendas que se introdujeron en Venezuela, sobre todo a partir el siglo XVII que respondían a la idea de familia nuclear. No obstante, el espacio doméstico de los ranchos o chabolas consolidados o casas estables urbanas, construidos y habitados por los sectores populares se expande y subdivide, de manera que cada una de las hijas, sus descendencias y sus eventuales compañeros tengan una habitación propia (Vargas 2007). Sin embargo, lo más significativo es el tipo y la calidad de las relaciones sociales que hacen posible a esas construcciones y la vida en ellas, caracterizadas por la existencia de redes parentales, consanguíneas y por adhesión, que funcionan como redes solidarias, de reciprocidad y cooperación. Por ello podemos asegurar que de alguna manera, las tradiciones culturales originarias han seguido gravitando en la vida de esa gente.

En este sentido, es vital entender que las redes de parentesco y las redes familiares de los sectores populares urbanos funcionan bajo el mismo principio de la familia extensa. Y es precisamente la preservación de esas nociones de solidaridad, reciprocidad y cooperación la que se constituye como elemento potenciador de alternativas a las condiciones de pobreza, toda vez que los mecanismos tradicionales de solidaridad, ante nuevas condiciones sociales han adquirido un contenido político. La conservación del sistema de relaciones comunitarias tradicionales por parte de los sectores populares expresa no solo formas de resistencia para sobrevivir, sino también la preservación de potenciales formas contestatarias al poder constituido (Vargas 2007). Si esas estructuras solidarias no siguiesen existiendo, los eventos sucedidos en Venezuela entre 2002 y 2003 (el golpe de Estado, pero sobre todo el sabotaje petrolero) serían inexplicables. Y vinculando estas ideas con el tema que nos ocupa, es bueno recordar que tales redes se fundamentan en la existencia de familias matricéntricas.

Comentarios finales

Podemos concluir que las familias matricéntricas no se originan como “estrategias adaptativas para sobrevivir en la pobreza”, como sugiere Cariola (1992), sino que son persistencias resemantizadas de las familias extendidas indígenas y africanas originarias. Pero, no podemos olvidar que esas familias forman parte de los estratos sociales menos favorecidos por la economía capitalista y, por lo tanto, muy vulnerables a los males sociales conexos con este tipo de economía. De manera pues que no es de extrañar que las mujeres que las presiden busquen mejorar sus condiciones de vida y las de sus dependientes escapando –mediante la migración--, como hemos visto para la mayoría de los países latinoamericanos, hacia los paraísos ilusorios de las metrópolis del llamado primer mundo. Y al hacerlo, pierden ellas y pierden sus hijos/as los vínculos reproductores de esas formas familiares.

Por otro lado, no creemos que el aumentar la inserción de los sectores populares latinoamericanos en la economía de mercado vía el empleo en el tipo de trabajo productivo expoliador y explotador y patriarcal que la caracteriza, serviría para disminuir o eliminar las profundas desigualdades sociales que existen en los países de América Latina. En este sentido, conviene recordar a Shiva cuando insiste además en la necesidad de contextualizar la economía de mercado, para convertirla en una economía solidaria y de intercambios equitativos (Shiva, Video Conferencia 2007). Sin embargo, esto es muy difícil toda vez que ese tipo de economía, por propia definición, es la negación de la solidaridad y la equidad.

La lucha de los movimientos ecofeministas, de los movimientos mundiales antiglobalización; de los movimientos sociales en América Latina, como los Sin Tierra de Brasil, los Piqueteros de Argentina; los movimientos de los indígenas americanos, como los Zapatistas de Chiapas, los de Bolivia, los de Ecuador y los de los/as ecologistas que luchan por salvar al planeta, permiten atisbar la construcción mundial de alternativas posibles al Nuevo Orden que no es otro que criminal.

En el caso venezolano, donde la mayoría de la población, sobre todo la popular está empeñada en la construcción del socialismo humanista del siglo XXI, una tarea por demás urgente reside en fortalecer precisamente las redes de solidaridad, cooperación y reciprocidad que caracterizan a las formas familiares matricéntricas populares, dotándolas además de una clara conciencia conservacionista del medio ambiente general, de protección a la naturaleza, de la cual tienden a carecer, especialmente las mayorías urbanas. Pero es necesario, simultáneamente, actuar de manera decidida en la lucha contra las estructuras patriarcales, pues las mujeres que han construido esas redes y se han volcado mayoritariamente a la construcción del poder popular, base del socialismo, sufren la invisibilización de la sociedad. Al fin al cabo, el socialismo humanista que se pretende construir se basa, precisamente, en la existencia de redes transversales y no jerárquicas de solidaridad, cooperación, reciprocidad y en la igualitariedad social.

No obstante, esa misma incorporación de las mujeres populares a misiones sociales, mesas de trabajo, comités y consejos comunales, al continuar trabajando fuera de sus hogares y dentro de ellos, sin ningún tipo de servicios que les permitan cumplir a cabalidad con todas esas tareas, y sobre todo al seguir viviendo en condiciones de pobreza, todos se convierten en factores que afectan su función en la socialización de niñas y niños, que atenta contra la formación en valores humanistas, fundamentalmente cuando en Venezuela siguen actuando impunemente las instituciones educativas (educación formal, medios masivos de comunicación y similares) destinados a reproducir los anti-valores capitalistas del patriarcado, del individualismo y el egoísmo.

Es preciso “feminizar” a los hombres venezolanos, en el sentido de que es necesario que comprendan que las mujeres no solo creamos vida, sino también somos las que tradicionalmente la cuidamos y protegemos. Esa tarea de protección de la vida debe ser de todos y todas, y cuando decimos vida, nos referimos también a la vida en la naturaleza. De esa manera podremos trabajar unidos y unidas en la construcción de la utopía posible de que nos habla Quiroga.

El planeta, y los seres humanos que en él habitamos, requiere de un modo de convivencia pacífica basado en la solidaridad, en la cooperación y la reciprocidad, así como en la aceptación de la legitimidad del otro con sus diferencias.

Referencias Citadas
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Sociedades Indígenas, Guerra de Independencia y la Moderna Sociedad Venezolana

PONENCIA PRESENTADA EN EL CENTRO NACIONAL DE HISTORIA EN EL COLOQUIO “VENEZUELA Y AMÉRICA LATINA EN TIEMPOS DE REVOLUCIÓN. 12-14 DICIEMBRE 2007.


Sociedades Indígenas, Guerra de Independencia y la Moderna Sociedad Venezolana

Iraida Vargas Arenas
Universidad Central de Venezuela


“El personalismo y la ignorancia
inutilizaron la gesta independentista”


Julio César Salas
1919


Introducción

En esta ponencia nos interesa presentar una serie de ideas que esperamos estimulen una discusión, cuyos resultados sirvan para analizar con mayor profundidad varios aspectos de una realidad social e histórica que han sido generalmente poco tratados por la historiografía tradicional, salvo excepciones (vg. Brito, 1979; Ribeiro, 1992); entre ellos, el origen y naturaleza del poder y la desigualdad, la conformación del poder en bloques históricos, indagar más específicamente en la relación entre las luchas, las rebeliones y las formas de resistencia ante ese poder, algo indispensable para comprender mejor nuestra realidad y de esa manera encarar de forma más cabal los retos a los que nos enfrentamos como región en los actuales momentos.

De manera fundamental tratamos el caso venezolano, destacando el papel jugado por los diferentes factores socioétnicos en el proceso de formación del Estado nacional venezolano, así como la participación de dichos factores en la gesta independentista y en la construcción de la modernidad, y cómo influyeron en la conformación del carácter de este país meridional. Intentamos precisar por esta vía aspectos tan importantes como la larga historia indígena anterior a la formación de los Estados nacionales y el impacto que ésta tuvo en el desarrollo histórico general de la cuenca caribeña y el norte de Suramérica, lo cual nos puede ayudar a lograr nuevas e insospechadas posibilidades en la explicación de nuestro presente.

La denominación de América Latina para referirse a la región del continente americano que estuvo sujeta a la dominación española y portuguesa, fue introducida en la literatura por autores y autoras angloparlantes. Nosotras preferimos usar la expresión Nuestra América, tal como la nombrase Simón Bolívar para referirse a la América hispana (Acosta Saignes, 1983). Y la preferimos a hispanoamérica, tan cara a los y las neocolonizados e hispanistas, pues es una denominación que nos naturaliza como colonia. En este sentido, no hay que olvidar la importancia y la fuerza de las palabras, del lenguaje en la reproducción de las formas de dominación.

Nuestra América ha sido una de las zonas del mundo antiguo americano donde existieron sociedades con culturas sin influencias del llamado Viejo Mundo. De hecho, Nuestra América puede entenderse para aquellas épocas como un sistema mundial o un sistema mundo en el mismo sentido que le han dado al término autores como Wallerstein (1995) o Gunder Frank (1995), por lo cual los distintos países de Nuestra América han compartido todos los momentos nucleares de su historia.

Un primer momento compartido fue el del poblamiento del continente, cuando grupos paleoasiáticos cazadores-recolectores paleomongoloides y más tarde mongoloides (Vargas, 2005ª; Sanoja, 2007), penetraron por el norte de Norteamérica y dieron lugar a las primeras ocupaciones de los distintos territorios que poseen actualmente los países nuestroamericanos. A partir de ese mismo momento, se produjo un intenso proceso de dinámica y sinergia social, lo que propició la formación de diversas regiones geohistóricas, cada una de ellas distinguible no solo por sus formas de cultura, sino también por la diversidad de niveles de desarrollo sociohistórico alcanzado por las distintas sociedades indígenas hasta el siglo XVI.

Nuestra América se conformó por entonces dentro de procesos civilizatorios autónomos que dieron lugar a civilizaciones. Venezuela en particular, formó parte de uno de ellos antes del siglo XV, que dio origen a lo que Sanoja llama la civilización suramericana-caribeña, con características distintivas a los que produjeron a otras civilizaciones, como por ejemplo la norteamericana, formada por Mesoamérica, el norte de Centro América y los actuales Estados Unidos y Canadá (Sanoja, 2007).

Otro momento nuclear compartido por toda Nuestra América fue el que correspondió con la invasión europea, el proceso de conquista que realizaron españoles y portugueses a partir de finales del siglo XV hasta el siglo XVII. Con la usurpación de territorios vino aparejada la expoliación de sus riquezas y el sometimiento de su población. Así mismo, toda Nuestra América sufrió la condición colonial, de la que todos nuestros países se vieron forzados a participar desde el siglo XVII hasta comienzos del siglo XIX. La conquista y la colonización posterior desestructuraron las civilizaciones autónomas anteriores, tratando de imponer a partir de entonces la civilización europea. De la misma manera, toda Nuestra América se vio afectada por la trata de esclavos y esclavas de origen africano. Unos países de manera directa, forzados por la violencia ellos y ellas a formar parte mayoritaria de su población; otros de manera indirecta.

Igualmente, todos los países nuestroamericanos compartieron desde inicios del siglo XIX, guerras violentas para logar sus independencias políticas de los imperios europeos.

Finalmente, toda Nuestra América compartió durante el siglo XX la imposición de una caricatura de la modernidad europea, sufriendo todos los males conexos con ella y gozando de muy pocos de sus beneficios. Especial mención merece el papel jugado por las dictaduras militares que asolaron a Nuestra América durante décadas, agentes imperiales encargados de realizar un proceso acelerado de modernización de nuestros países a costa de las libertades civiles y derechos humanos de la mayoría de las poblaciones. En el caso venezolano ese rol fue desempeñado por Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez (Vargas, 2005b, 2007).

Podemos decir que el proceso histórico de conformación de que hoy se conoce como Nuestra América ha estado marcado por la sincronía y la confluencia de eventos, sucesos y procesos cardinales que hacen de la región un ecumene, o sea un universo de interacción que ha constituido una entidad histórica, definida por el comportamiento compartido de sus pueblos. Por dichas razones, es fundamental entender a ese proceso histórico en su diacronía y sincronía, pero sobre todo en su continuidad y concatenación, en donde cada época es consecuencia de la precedente y condición de la subsecuente, y donde cada una de ellas manifiesta así mismo cambios particulares, pero sin oscurecer el carácter contínuo del proceso.

En el estudio del proceso de independencia como en general en todo el proceso histórico nuestroamericano, hay que enfatizar la importancia de las sociedades indígenas autóctonas originarias y de las poblaciones de origen africano. En el caso de Venezuela, el pasado precolonial tiene un innegable papel en la construcción de la sociedad nacional, lo cual se evidencia, entre otros factores, en la herencia indígena y africana que está presente en múltiples aspectos de nuestra cultura: los fenotipos, la culinaria, el vestido, la arquitectura, la lengua, la religión, el arte, los procesos de trabajo agrícola, los cultígenos, las tecnologías y saberes, etc. y, sobre todo, en la persistencia de ciertas formas de relaciones sociales recíprocas y solidarias que existen en la población. Todo lo anterior, en su conjunto, le confiere a nuestro país un carácter pluriétnico y multicultural.


El proceso histórico Venezolano

El poblamiento, la conquista y la colonia


Hace aproximadamente 14 mil años, se inició la vida social organizada en el territorio de la actual Venezuela. Grupos de cazadores-recolectores iniciaron para esas fechas el lento pero sostenido proceso de colonizar estas tierras, el cual continuó hasta aproximadamente hace unos 4.600 años, cuando comenzó de manera definitiva la sedentarización de los grupos humanos, dando lugar así a la aparición de la formación social tribal agrícola, lo que significó la producción controlada de alimentos, la fijación definitiva a la tierra, la tribalización y la vida aldeana.

Entendemos a Venezuela como un territorio que fue ocupado desde entonces por diversas culturas que son mejor entendidas si observamos el papel rector que jugó el dominio y control del territorio y las actividades económicas desarrolladas. Ciertamente, la riqueza natural de ese territorio posibilitó el desarrollo de tácticas productivas basadas inicialmente en la pesca, la caza y la recolección, y posteriormente, en la agricultura. Esos procesos productivos desarrollados por las primeras formas sociales demuestran el pluralismo de formas de producción que sucedieron entonces, que persisten en la sociedad indohispana y, más tarde, muchas de ellas se insertan en la sociedad colonial.

Ese milenario proceso originario, se vio afectado en su independencia y autonomía por la invasión europea. Hace unos 500 años Europa inició la guerra de conquista de las sociedades originarias venezolanas, las cuales manifestaban para ese momento distintos grados de desarrollo sociohistórico y diferencias en sus sistemas de relaciones sociales. Las variaciones que se observan en estas últimas son las que dan cuenta de las formas de actuación de los grupos tribales ante la invasión: por un lado, la constante rebelión y oposición irreductibles al sometimiento puestas en práctica por los grupos tribales igualitarios, y por otro, la aceptación de las nuevas jerarquías europeas lo que propició la incorporación relativamente rápida y pacífica, y podríamos decir poco traumática de los grupos tribales jerárquicos (Vargas, 1990; Ribeiro 1992). Los siglos XV y XVI en Venezuela, fueron una compleja red de acontecimientos bélicos de conquista y represión, de luchas y resistencias; también un tiempo y un espacio renovados, de estructuras nuevas y con frecuencia inéditas. Fueron siglos de inesperados y mutuos encuentros, en los cuales se entrelazaron múltiples relaciones de toda índole, que permitieron surgir un mundo nuevo donde son descifrables interrupciones y continuidades. A través de ellas, vislumbramos el tejido de la sociedad indohispana, cuya herencia aún es perceptible en los momentos que vivimos.

Con base a lo anterior, podemos afirmar que en Venezuela se conformó un modo de vida colonial que constituyó la expresión de una línea de desarrollo social que se distingue dentro de la totalidad de la formación social capitalista durante la fase mercantil de su modo de producción, como una particularidad de dicha sociedad. Esa particularidad se expresa en una dinámica social, cultural, política y económica distintivas dentro de toda la formación social, hecho que dependió no sólo de las características generales de la sociedad capitalista, sino también de las particulares referidas a la formación social tribal donde se insertó (Cueva, 1988: 11; Vargas, 1998). Ciertamente, las características estructurales de la base social indígena, condicionaron las formas como se dio la conquista y las maneras como se implementó su sometimiento.

El cambio fundamental que se observa con el advenimiento de la condición colonial, con la imposición de un nuevo régimen económico, social, cultural y político es en las relaciones sociales de producción que se expresan en el régimen de propiedad. El colonialismo supuso para Venezuela en un primer momento lo que luego se hizo norma: el dominio de unos y el sometimiento de otros, complejo juego de coerción y hegemonía, explotación económica y control cultural que se inició en Nuestra América en el siglo XVI y floreció en todo el mundo en el siglo XVIII. La condición colonial implicó para toda Nuestra América en general y para Venezuela en particular, la desintegración de las sociedades indígenas, fundamentalmente a través del régimen de encomiendas, pueblos de indios o resguardos y los pueblos de misión, diseñados para desarticular las estructuras sociales tribales y propiciar el cambio hacia un nuevo régimen de propiedad: la propiedad privada. La condición colonial rompió en gran medida la hasta entonces existente estructura laboral indígena, lo que permitió la inserción de gran parte de la población aborigen dentro de un nuevo régimen de relaciones sociales de producción fundamentadas en la explotación (Vargas, 1998).

La condición colonial implicó en Venezuela un conjunto de fenómenos culturales heterogéneos, insertos en estructuras institucionalizadas que operaban en la vida cotidiana. Sometió a los indígenas, desde la juventud hasta la muerte, a una disciplina laboral extraña (Thompson, 1995: 206), a nuevos tipos de disciplinas laborales para las cuales fue necesario modificar e imponer nuevas percepciones de lo que era trabajo, a rutinas de vida que les eran ajenas, les impuso una religión y una lengua, y les negó los derechos sociales mínimos. Así mismo, el colonialismo jugó un papel crucial en el desarrollo de las clases sociales y en la desigualdad de género (Vargas, 2006).

Todo ello condicionó que la vida cotidiana durante la colonia venezolana fuese, parafraseando a Thompson (1995: 19), una palestra de elementos conflictivos. Las relaciones sociales características de los agentes sociales entre los siglos XVI y XVIII eran de explotación, conformando así una cotidianeidad de dominación y resistencia que se expresaba claramente en las formas del consumo de bienes: los de origen europeo, sobre todo alimentos, vestidos, enseres domésticos, viviendas, estaban reservados para las clases más favorecidas económicamente (Sanoja et al., 1998; Vargas et al., 1998; Sanoja y Vargas, 2002). Estas formas de consumo reflejan que el mercado interno era, como bien señala Cueva, una prolongación del mercado metropolitano (1988: 89); mientras la gran mayoría de la población que vivía en condiciones de pobreza, consumía solo aquellos bienes producidos local y artesanalmente, gran parte de ellos elaborados dentro de tradiciones culturales de origen indígena y africano. El sistema producía bienes materiales de una forma determinada lo que implicaba la división del trabajo entre capitalistas y trabajadores, con una ideología que favorecía esa división y las formas de poder conexas; todo ello servía para la reproducción del sistema pues creaba de manera sostenida las condiciones para que se diera ese tipo de producción.

El régimen colonial controló el poder, las formas de generación y acumulación de riqueza y la propiedad de la tierra, lo que implicó sojuzgar a los indios e indias que la habían poseído hasta entonces. De manera muy general podemos caracterizar el sistema de relaciones sociales de producción de la sociedad colonial en Venezuela como integrado por la existencia de un régimen de propiedad basado en la propiedad privada de la tierra por parte de los europeos, es decir la propiedad privada de los medios de producción, coexistiendo en algunas regiones con formas de propiedad comunitarias, y las relaciones esclavistas y serviles --el segundo servaje-- de las clases dominadas (Roseberry, 1977; Brito Figueroa, 1979; Braudel, 1992; Vargas, 1998; Sanoja, 1998); vale decir, coexistían trabajadores privados de los medios de producción, libres jurídicamente, que vendían su fuerza de trabajo, y la explotación del trabajo asalariado por parte de los dueños de esos medios.

El poder absoluto del régimen colonial ibero se desvaneció y colapsó para finales del siglo XVIII, coincidiendo con la aparición de la Primera Revolución Industrial, situada en el último cuarto del siglo. Los procesos de formación de las clases que se habían producido durante la colonia, introdujeron nuevos elementos y agentes en la vida diaria y en la lucha por el poder. Los colonizadores iberos crearon nuevos discursos sobre la identidad cultural, lo que produjo cambios en las relaciones sociales y en el control político. Pero aunque se trataba de identidades inestables y de alguna forma precarias, muchas de ellas asentadas en las formas de tradición que habían sido reinventadas durante la colonia, y no obstante de la existencia hegemónica de la ideología de los dominadores, las clases y grupos políticamente subordinados crearon construcciones alternativas de la realidad social que les servían para rechazar las interpretaciones que hacían los miembros de las clases dominantes sobre ellos y que eran usadas por aquélla para sus propios fines. En la relación dominado-dominador, las clases sometidas usaron sus legítimos resentimientos para enfrentar sus situaciones de carencias y subordinación, ubicando la culpa en sus opresores, lo que propició sostenidos mecanismos de resistencia, que abarcaron también luchas abiertas, entre las cuales destacan las de los negros cimarrones y las de éstos aliados con los indígenas, sobre todo con los caribes (Vargas, 2007: 63-70). Como señala Velásquez, estos grupos protagonizaron numerosos levantamientos y sublevaciones y guerra de guerrillas durante la colonia (1986: 47). Ciento treinta rebeliones y motines fueron debelados en Cumaná, Angostura, en Guárico, Apure y Barinas, y en diversas otras regiones (Sanoja y Vargas, 2003).

En ese proceso, las clases sometidas reinventaron y potenciaron sus tradiciones culturales ancestrales, incluyendo las formas de solidaridad y reciprocidad que les eran características. En efecto, a pesar de que la colonia supuso la transformación traumática de las comunidades indias originarias, no logró borrar en la sociedad mestiza la impronta histórica de milenios de vida social. Dentro de la población mestiza resultante, se mantuvieron la solidaridad, la reciprocidad y la cooperación a nivel comunitario, formas de relación social que todavía persisten en nuestros días entre los sectores populares urbanos (Vargas, 2007). Así mismo, como consecuencia del despojo territorial colonial, las comunidades indígenas redefinieron las formas como se articulaba su identidad con sus nuevos territorios, a la vez que reorganizaron los símbolos comunitarios para lograr dar coherencia, cohesión y legitimidad a sus formas de organización política, y usarlos como armas de resistencia cultural ante las modificaciones introducidas. Este proceso de redefinición continúa hasta la actualidad entre las comunidades indias sobrevivientes, ante las amenazas que ha supuesto la expansión de la sociedad criolla; así mismo, se extiende a la población criolla mestiza que vive en condiciones de pobreza.

El pueblo venezolano en la Independencia y su carácter multiétnico

El proceso de la Independencia, tal como apunta Brito, tuvo un profundo carácter multi e interétnico, con violentos enfrentamientos entre negros, mulatos y zambos contra los llamados “blancos” (1993: 270).

¿Quiénes eran étnicamente los llaneros? La mayoría era descendiente de grupos caribe, arawak, pumeh y otros muchos que poblaban la cuenca del Orinoco en el siglo XIX; eran los zambos, mestizos de indios con los negros/as esclavos/as o manumisos/as que trabajaban en los hatos llaneros; eran mulatos, mestizos de negros/as o indios/as con mujeres u hombres “blancos”. Miles de ellos se incorporaron a la caballería de Boves; mientras que los lanceros de Páez, fueron fundamentalmente caribes y mestizos de caribes y canarios. Flecheros indios, posiblemente caribes, fueron un factor importante en la Batalla de San Félix que selló la victoria de la causa de la Independencia en Guayana el año 1817. Es muy probable que también muchos indios guayano, warao, waika o yanomami reclutados por el ejército libertador en las misiones de Guayana, formaran parte de los héroes que acompañaron al Libertador Simón Bolívar en el Paso de los Andes y en las batallas que habrían de decidir la Independencia de la Nueva Granada (Sanoja y Vargas, 2006). Podríamos ver también cómo el mismo General Páez le rindió tributo a un indio pumeh que hoy día forma parte del panteón de los libertadores de Venezuela, de los héroes de las Queseras del Medio. Los hermanos Francisco y Juan Pablo Farfán, eran indios pumeh del Sinaruco, del Alto Apure. Fueron ellos quienes el año 1836 se alzaron contra Páez, a quien consideraban había traicionado los principios igualitarios y populares de la Revolución de Independencia para aliarse con los oligarcas que habían suplantado la vieja clase mantuana colonial.

Los indígenas venezolanos participaron activamente en las luchas de independencia como soldados, como baquianos, como expertos en diversos aspectos de la logística alimenticia de los ejércitos, y aportaron sus conocimientos de etnomedicina; participaron como marineros de los bongos y flecheras que constituían la flota fluvial de la República, todos estos aspectos fundamentales para el mantenimiento de la capacidad combativa de los soldados que derrotaron al imperio español y nos hicieron libres (Vargas, 2007: 211-212).

Dice Ribeiro que la independencia se manifestó como una lucha entre criollos enriquecidos contra peninsulares, para la cual –según el autor—“el pueblo fue tardíamente movilizado y de la que fue alejado en cuanto se consiguió la victoria” (Ribeiro, 1992: 276). “…Fue una guerra total en que hubo elementos conocidos, es verdad como las rebeliones indígenas o los ataques de piratas extranjeros…” (Veláquez, 1986:48).

Salvo Bolívar, los criollos tenían intereses egoístas, personalistas y de clase; no les interesaba para nada liberar al pueblo venezolano, no obstante la retórica, sino usarlo para el logro de sus fines que no eran otros que asumir el control aduanero, el acceso a los cargos y privilegios exclusivos de los españoles y también apropiarse de las rentas recaudadas por la metrópoli. “Los peninsulares jugaron brillantemente con estas contradicciones, lanzando pobres contra ricos…. en luchas sangrientas que costaron una quinta parte de la población y que crearían un ambiente cargado de hostilidad.” (Ribeiro, 1992:275). A partir de entonces, el pueblo pasó a formar una masa irredenta, que ha buscado reiteradamente salir de esa condición, siguiendo a líderes como Zamora, a mediados del siglo XIX, quien logró galvanizar la voluntad de los campesinos irredentos en su lucha contra el latifundio y por la democratización de la tierra. La segunda parte del siglo XIX culminó con una serie de confrontaciones armadas entre los diferentes sectores sociales, para lograr y conservar el poder central (Sanoja y Vargas, 2003). Ese mismo pueblo pasó a constituir a partir de mediados del siglo XX, el telón de fondo de las maquinaciones y componendas de los grupos políticos de la IV República, quienes actuaron a su gusto, placer y beneficio en la apropiación de los dineros públicos. Sin embargo, el pueblo venezolano ha continuado hasta ahora dando la batalla contra los sectores oligárquicos que lo oprimen, ya resistiendo, ya luchando abiertamente (Vargas, 2007).

La creación del Estado Nacional Venezolano

Durante la Venezuela independiente políticamente de España se sientan las bases de los futuros cambios en la región. El proceso de independencia que se inició en la primera década del siglo XIX, aunque supuso para Nuestra América la ruptura del nexo colonial con España, no nos liberó del colonialismo; de hecho se inició a partir de entonces un lento pero corrosivo proceso de neocoloniaje a partir de finales del siglo XIX y durante casi todo el siglo XX.

La independencia de las provincias americanas dio origen a la disgregación de Nuestra América. Como apunta Ribeiro (1992), “La utopía unitarista y generosa de Bolívar da lugar a la atomización”, puesto que los proyectos políticos y económicos de los criollos de cada región devinieron autónomos, creándose procesos en donde esos criollos enriquecidos luego de la guerra, se legitimaban en el poder al considerarse como los herederos de la gesta civilizadora de España (Bate, 1984; Sanoja y Vargas, 1993; Vargas, 2007), lo cual normó sus relaciones con la base social.

Consideramos que la creación del Estado nacional venezolano constituye –tal como sucede con los otros Estados nacionales nuestroamericanos-- un modo de vida, una línea de desarrollo particular que se distingue dentro de la totalidad de la formación social capitalista. Como hemos visto, tuvo como antecedente histórico en Venezuela, como en otras partes del mundo, un modo de vida colonial de la misma formación social. Decimos que lo nacional se conforma como un nuevo modo de vida, pues es posible reconocer con él, los cambios cuantitativos y por lo tanto desiguales de la calidad, vale decir, la reproducción en escala ampliada y con características propias de las relaciones sociales de producción capitalistas, mismas que, aunadas al contexto histórico local precedente y a las del nuevo contexto internacional, le confieren a cada Estado nacional un ritmo particular diferenciado de desarrollo dentro de la formación capitalista total. Las sociedades nacionales reflejan, asimismo, la aparición de nuevas contradicciones sociales específicas, de relaciones jurídico-políticas distintas a las coloniales, nuevas maneras de insertarse en el plano mundial, condicionadas todas ellas --precisamente-- tanto por el proceso histórico que dio origen a cada sociedad colonial, como por la fase vigente del modo de producción capitalista: la industrial. El modo de vida nacional venezolano, entonces, comprende por un lado el proceso de conformación del Estado Nacional, que se inicia con la independencia política de la condición colonial con España, lo que se manifiesta formalmente en 1810 con la declaración de la república como forma de gobierno, y por otro, el proceso de su consolidación, hacia finales del siglo XIX, momento en el cual la formación social capitalista se encontraba en su fase industrial-imperial.

Aparejado con el surgimiento de los Estados nacionales aparecen nuevos bloques históricos, bloques hegemónicos constituidos por la clase dominante, sus políticos y sus intelectuales orgánicos que apoyaban y sostenían con sus teorías, explicaciones y argumentos al bloque de poder de turno (Vargas, 2005b)

Como ha apuntado Patterson (1993), los re¬alistas, los conservadores y, posteriormente, los fascistas, quienes buscaban mantener fuertes lazos con España, vieron generalmente a los patrones culturales de los indios e indias y a su aparente indefensión como signos de inferioridad biológica y como un mandato para mantener o incrementar la ex¬tensión de su control sobre ellos y ellas. Los liberales, por otra parte, se ¬dieron cuenta que esas diferencias obedecían en gran medida a carencias en una educación occidental, por lo cual veían a la escolaridad como un medio obligado para lograr asimilar e integrar a las comunidades indígenas dentro del tejido de la sociedad civil y el Estado.

Uno de los intelectuales liberales venezolanos más destacados de comienzos del siglo XX fue Julio César Salas (1919), quien decía que “las sociedades progresan de acuerdo con las condiciones morales de los individuos que las integran. Para Salas, la apropiación de Nuestra América por parte de España introdujo la injusticia, la ignorancia, el despotismo personalista y la fuerza, y agregaba que el proyecto de colonización por parte de España fue no solamente de carácter militar, sino también y fundamentalmente de carácter económico y cultural, lo que propició la introducción de principios absolutistas en política y en religión que privaban sobre la libertad y el individuo; ello, decía, fue lo que permitió el surgimiento de instituciones políticas y religiosas marcadas desde el inicio por el despotismo y signadas por la abolición de las libertades: “…las instituciones políticas o eclesiásticas han bastardeado sus fines legítimos: despotismo e intransigencia..” Y agregaba: “el atraso de los pueblos está en relación con la cantidad de libertad arrebatada a los individuos por los organismos religiosos y políticos.” (Salas, 1919).

¿Hemos contribuido los venezolanos y venezolanas en la construcción de la Modernidad?

Si una sociedad moderna se define como aquélla en donde no imperan las tradiciones heredadas de las culturas tradicionales, pues éstas son concebidas como símbolos de atraso y falta de superación; si una sociedad moderna es aquélla plenamente capitalista y francamente industrial, entonces ni Venezuela ni la mayoría de los países que componen a Nuestra América son sociedades modernas, salvo quizá México y Argentina y tal vez parte de Brasil. Tampoco lo son postmodernas, puesto que no han superado una previa situación industrial. Pero sí podemos decir que todas ellas son sociedades capitalistas, aunque ese capitalismo nos haya sido impuesto y no sea autogestado. Y como sociedades capitalistas, los hombres y mujeres que integramos a Nuestra América, que somos Nuestra América, nos hemos visto forzados a regirnos por los valores de la modernidad europea: Derechos Humanos, Derechos Civiles, Sociedad Civil, Libre Empresa… todos ellos derechos del “individuo soberano” dentro de una sociedad capitalista liberal. Según esto poco importa si un individuo es negro o negra, siempre que sea un negro o negra solos; no importa si es indio o india, siempre que se trate de un indio o india solos; no importa que sea mestizo o mestiza, mientras no se una a otros y otras y no luche en colectivo. Ese individualismo es, supuestamente, la garantía de que se respeten nuestros derechos como individuos. Y podemos plantearnos, ¿es una sociedad moderna, como la hemos caracterizado, la que tenemos en Nuestra América? Y, más aún ¿Es la que queremos? Una sociedad en donde impere el derecho de los individuos sobre el de los de colectivos, teniendo en cuenta que esos colectivos viven mayoritariamente en condiciones de pobreza y en ocasiones de miseria, colectivos de los cuales no podemos sustraernos y muchos de nosotros y nosotras no queremos sustraernos.

Como todos y todas sabemos, el capitalismo ha traído aparejado un extraordinario avance en la ciencia y la tecnología, pero también sabemos y sufrimos que esos avances sólo pueden ser disfrutados por un grupo minoritario de individuos y no por los colectivos, toda vez que en simultaneidad, con el capitalismo se transformó el valor de uso de las cosas y servicios en valor de cambio. De esa manera, para la gran mayoría de la población de Nuestra América, esos adelantos y avances han sido y siguen siendo inaccesibles por lo costosos; tan inalcanzables como lo es la vida en democracia, cuando ésta se concibe –como lo hace el liberalismo—como la democracia representativa.

Pero es bueno recordar en torno a esto lo que dice Benjamin Barber: que “nuestra agobiante modernidad, ha sumergido a la sociedad en una constante crisis: la crisis del Estado moderno, la crisis de las instituciones liberales, la crisis de liderazgo, la crisis de los partidos de gobierno y la crisis de la democracia. El hombre moderno, sigue el autor, ha creado un mundo artificial que no puede controlar. Los monstruos modernos son máquinas, computadoras, corporaciones, burocracias…. La alienación se ha convertido en el indicador central de la moderna crisis política. ... el cinismo acerca del voto, la alienación política, la preferencia por las cosas privadas y la creciente parálisis de las instituciones públicas son algo más que las consecuencias de la modernidad. Son síntomas de una enfermedad que es inseparable de lo que piensa el liberalismo sobre la política. Son espejos oscuros de la fuerza del liberalismo”.

“Si democracia implica el derecho a gobernarnos a nosotros mismos en lugar de ser gobernados, de acuerdo a nuestros intereses, entonces las instituciones democráticas liberales distan de ser en realidad verdaderamente democráticas” (Barber, 1984, traducción nuestra: xiii-xv).

La Revolución Bolivariana surge en Venezuela gracias al colapso de la democracia representativa durante los años 90 del siglo pasado. Ese colapso incluye, de alguna manera, no solo el fin de las instituciones de la IV república, sino el final de un proyecto de país signado por el neocolonialismo, con el American way of life y el neoliberalismo económico como paradigmas, como el conjunto de normas que han regulado hasta ahora nuestro modo de vivir. Para la Revolución Bolivariana pronto se le hizo evidente y necesario crear una verdadera democracia, crear una nueva práctica de la democracia, donde –como decía Bolívar—imperen la libertad, la igualdad y la justicia; una democracia que implique la participación de todos los hombres y mujeres venezolanos y venezolanas en nuestra vida en común, pero no como una agregación numérica de individuos, sino como un colectivo de personas con iguales derechos en la toma de decisiones, donde la igualdad, la justicia, la libertad y la autonomía sean producto del accionar común.

La modernidad burguesa se inicia en Venezuela, según algunos, con el régimen de Guzmán a finales del siglo XIX (Vargas 2007). Por entonces, no solamente se enfatiza, demagógicamente, la vigencia de los derechos humanos del individuo, del ciudadano, sino que se acomete también demagógicamente el desarrollo de la infraestructura material de la sociedad venezolana. Pero, en términos políticos, las Constituciones que determinaban el proyecto de país le reconocían los derechos humanos solo a una minoría de venezolanos: a los hombres que tenían una determinada renta económica y que sabían leer y escribir; estaban excluidos los analfabetas pobres y las mujeres, así tuvieran rentas y supieran leer y escribir. Ello excluía también -por supuesto- a la mayoría de los afrodescendientes e indígenas. Es solo a partir de la Constitución de 1948, período a partir del cual comienza la verdadera modernización de la infraestructura material de Venezuela, cuando se vincula la democracia burguesa del capitalismo con la conquista del sufragio universal para todos y todas. Pero es solamente a partir de la Constitución Bolivariana de 1999, cuando la modernidad se actualiza con la justicia social, la igualdad social y la preparación de las transformaciones que esperamos den paso a una futura sociedad socialista.

De manera que podemos responder a la pregunta del subtítulo diciendo que no; los venezolanos y venezolanas felizmente no hemos contribuido a forjar la modernidad en nuestro país, tal como hemos definido a ésta antes, o hemos contribuido muy poco. Hoy día tenemos obras civiles públicas y privadas que suponen un transplante de tecnologías y modelos estéticos foráneos, a despecho de nuestras propias características culturales, climáticas, fisiográficas, étnicas, etc. Tenemos, así mismo, una ciencia rezagada, que siempre tiende a estar a la espera de las ideas porvenientes de los países industrializados, por lo cual crea muy pocos conocimientos útiles en nuestra realidad y situación histórica. Y poseemos un arsenal maravilloso de saberes tradicionales y contemporáneos, con una gran potencialidad para estimular el desarrollo, pero que es siempre despreciado por ser premoderno. Sin embargo, no ocurre lo mismo con nuestros recursos naturales y con los conocimientos conexos con ellos, que son precisamente los insumos que han usado los países industrializados para su propio desarrollo. El neocolonialismo ha actuado como un gigantesco freno a un verdadero desarrollo de Venezuela, al inhibir la explotación de los saberes y conocimientos –incluyendo a los científicos—que hemos desarrollado los venezolanos y venezolanas a lo largo de siglos. Nuestra creatividad autóctona e innovadora se manifesta en muchísimas áreas; pero esas creaciones tienden a ser estigmatizadas, consideradas manifestaciones folklóricas, atavismos, restos de “tradiciones culturales superadas” o ciencia “deficiente”, precisamente todos los rasgos que definen a la premodernidad europea.

Comentarios Finales

Como hemos tratado de presentar en este somero análisis del largo proceso histórico vivido por Venezuela, pensamos que ninguna etapa, período o fase del mismo posee mayor jerarquía para entender la actual situación que vive el país. La concatenación, la continuidad y la vinculación de cada una de ellas entre sí, hace imposible pensar que Venezuela es lo que es hoy día solamente porque fue colonia o porque hubo un proceso de independencia. El pueblo venezolano actual es mayoritariamente mestizo porque previamente existieron mujeres indias que, en un determinado momento de la historia de las sociedades originarias, se vieron forzadas a unirse a hombres “blancos”. Es mayoritariamente mulato, así mismo, porque mujeres de origen africano fueron traídas a la fuerza y fueron violadas también por hombres “blancos”; es zambo, porque indias y negras se vieron compelidas a unirse a hombres negros o indios. El pueblo venezolano actual es combativo y luchador porque ha habido una tradición centenaria de lucha contra la dominación, que se inicia desde el mismo momento de la invasión europea. En esa condición, destacan las rebeliones emblemáticas de los indígenas contra los españoles desde finales del siglo XV, las de negros y negras cimarrones a partir del XVI, las del pueblo venezolano no mantuano en los años previos a 1810 y en los siguientes, las de los campesinos y campesinas que siguieron a Zamora a mediados del siglo XIX, las de los estudiantes en las primeras décadas del siglo XX, las de los sectores urbanos y rurales y las de los obreros petroleros entre los años 30 y mediados del siglo, las de los jóvenes estudiantes guerrilleros de los años 60, en el marco de la espantosa represión de los gobiernos de Betancour y Leoni, las de los sectores populares urbanos a finales de la década de los años 80, el llamado “Caracazo” o “Sacudón”, las de todo el pueblo venezolano a finales de los años 90, y las que continúan hoy día.

El pueblo venezolano de los sectores populares urbanos actuales practica formas de solidaridad y reciprocidad entre sí porque las heredaron de sus ancestros indígenas; esas formas continuaron a pesar de la condición colonial; persistieron en los albores de la república y han llegado hasta nuestros días. La condición colonial pudo mantenerse porque las sociedades indígenas lo hicieron posible con sus conocimientos sobre el medio ambiente y sus recursos naturales, de los cuales se apropiaron los colonizadores. La guerra de independencia de Venezuela y de Nueva Granada pudo llevarse a cabo gracias al pueblo venezolano de aquel entonces, que combatió en las batallas, que atravesó los Andes y que ofrendó su vida para lograr la independencia política de la nación, combates en los que participaron no sólo líderes mantuanos, es bueno recordarlo, sino mayoritariamente indios y mestizos afrodescendientes. La vida republicana desde finales del siglo XIX ha sido posible gracias a la acción sostenida de hombres y mujeres venezolanos quienes cotidianamente han laborado en distintos oficios y quehaceres, a pesar de que sus vidas discurren, generalmente, en las peores condiciones de pobreza. En fin, el pueblo venezolano es la constante histórica.

En los actuales momentos es un pueblo que impulsa una revolución nacional que pretende liquidar al imperialismo, al Capital, al Estado burgués y a las clases sociales dentro de sus fronteras, y construir un socialismo que impulse a otros pueblos igualmente oprimidos por la actual hegemonía cultural existente hacia una sociedad socialista. Transformar la cultura burguesa en una socialista no es tarea fácil, pues está enraizada después de más de 500 años de encuadramiento clasista.

Uno de los caminos es reflexionar sobre el proceso histórico venezolano, pero no sobre la narrativa que tenemos como producto de una historiografía neocolonizada, embebida en los antivalores, reproductora de ellos, hecha para servir a una sociedad capitalista liberal como la que ha caracterizado a Venezuela desde el siglo XIX. Tenemos que repensar sobre nuestro proceso histórico, sí; pero debemos tener presente que su conocimiento no basta. No tendremos valores socialistas hasta que el pueblo venezolano no asuma esos nuevos valores, hasta que éstos no tengan una significación socialmente positiva, hasta que esos valores nuevos no expresen realmente un redimensionamiento del pueblo, de las relaciones en que vive, y no de sujetos aislados, grupos o clases sociales particulares; hasta que la educación no subraye esos valores, intencionándolos dentro de las acciones formativas. No es suficiente explicar los hechos históricos y actuales de la realidad para producir valores o cambios en la conducta y personalidad del pueblo. Sólo se puede educar en valores a través de conocimientos, habilidades de valoración y reflexión en la actividad práctica con un significado asumido. Y en esa reflexión y actividad práctica, los historiadores y las historiadoras revolucionarios tenemos un gran compromiso con el pueblo venezolano.


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